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Alma de calabaza; pobre domingo

Al principio era como los demás, con sus horas de sol y de noche, con sus horas de trabajo y su breves pausas de comida. Pero poco a poco, de la mano de latines y al aroma de inciensos empezó a nacer en él una obligación nueva, un rato de la mañana, excusa para unos y oportunidad para otros, pausa obligada pero pausa.

Con el paso del tiempo, con sangre, piedras y lucha se ganó la libertad del trabajo, se transformó en sol aunque lloviera, en ropa limpia, en lazos en el pelo y cerveza en los vasos.

Pero no se quedó allí, no le bastó el pollo en la comida o la paella en familia, se apropió del paseo a media mañana, de la tarde tranquila, de las tareas cómodas, de la película de la tarde.

Y era hermoso, esperado, deseado.

Pero se le juntaron otros y dejó de ser el más querido para convertirse en un extraño híbrido, de mañana lenta y somnolienta, de comida copiosa y siesta inquieta que poco a poco se transforma en angustia, en zozobra, en tiempo descontado.

Pobre domingo, amanece como carroza deslucida y poco a poco aparecen en su carita los restos de la calabaza que encierra, sin serlo se convierte en lunes, en un lunes anticipado, en un espectro del lunes que vendrá.

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