MÁSCARAS

Cuando el sábado, el más que guapo amigo veneciano de mi chico, se ofreció a conseguirnos invitaciones para el baile de carnaval del Café Florian, y a acompañarme a elegir un vestido y su correspondiente máscara, empecé a flotar; volver a Venecia, disfrutar de sus campos, sus puentes, sus burbujeantes spritzs, participar de una de las fiestas más elegantes y decadentes del mundo...


Para mí, que no me veo disfrutando del ondulante movimiento de caderas de las brasileñas, y con la sensación -perdónenme Cádiz y Tenerife- de que los carnavales nacionales son más accesibles, el carnaval de Venecia es el carnaval, por tradición, estética y sobre todo porque se desarrolla en una ciudad tan
mágica y misteriosa como el escenario vivo de un sueño.

Vestir un voluptuoso traje de seda brocada hasta los pies, maquillarme como si fuese a salir a escena para cubrirme después el rostro con una de esas maravillosas máscaras que parecen sonreírte desde todas las esquinas de la ciudad, jugar a no ser yo, abandonar los miedos y prejuicios y ser por una noche tan hermosa como desee, tan libre como quiera y sobre todo tan misteriosa como esas enigmáticas mujeres que bailan cortejadas en bellísimos palazzos iluminados por miles de velas y arañas de cristal de Murano, es una de mis fantasías más antigua y delirante. Ya sé que suena cursi pero es mi fantasía ¿no?

Y en eso se va a quedar, la burbuja de sedas, máscaras y góndolas, se ha pinchado, cuando quieres a alguien sus proyectos son tus proyectos y si va camino de convertirse en un sabio oficial de no sé bien que complicadísimo proceso de calidad, y debe presentar un imponente trabajo el mismísimo miércoles de ceniza, habrá quedarse ¿no?

Buscaré un antifaz para desquitarme.

1 comentario :

  1. Qué lástima, jejejeje. Pero el deber es el deber, verdad?

    De todos modos, para la próxima así o como sea... no necesitas un fotógrafo? Jejejeje.

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