CASI PRIMAVERA

Desde mi terraza de cristal, el día luce magnífico, el cielo es azul y brillante, el sol tibia el aire, las plantas que hemos ido comprando poco a poco, sonríen desde su mesa en un alegre mosaico de colores. El programa de música que descubrimos en nochevieja (Spotify) me regala las limpias canciones de un artista que descubrí ayer, escuchar su trabajo confirma la primera impresión, me gustan las pequeñas canciones de Pablo Moro.



En los días como hoy, hasta tender la ropa de las innumerables lavadoras del sábado resulta agradable, el olor del suavizante, suave y el frescor de las sábanas, sugerente, las pequeñas obligaciones se convierten en placeres domésticos, una prueba sólida de que estamos en el buen camino y que las renuncias diarias y el esfuerzo, a veces desproporcionado, nos acerca a la vida que queremos.

Este fin de semana sólo tengo un objetivo, disfrutar del tranquilo paso del tiempo, de la temperatura de la terraza, del aroma de los liliums, del despertar del jacinto, de la acertada combinación de los cojines de los sillones de la terraza, del razonable tamaño de la nueva televisión, de un tiempo de calma ganado a la prisa del cada día. Son estos ratos los que justifican tantas prisas, tantos trabajos, tanto coraje en la batalla diaria, no es que los problemas se hayan resuelto, ni que los trabajos hayan llegado a su fin, es que en medio de la faena hay que saber disfrutar del instante precioso del disfrute humilde del alegre reflejo de un rayo de sol en pleno invierno.

El mundo es un lugar peligroso, deficitario de amor y atención, y el futuro no presenta su cara más amable, pero sentirse permanentemente mal, agobiado por los males del mundo, no sirve de mucho, nos roba las fuerzas y nos mina la moral. Perdonad mi optimismo, pero no puedo resistirme a pensar que todo es posible, si recordamos que es lo que de verdad importa.

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