EN LA PELU

peluquería canina
Aunque aún hay quien se imagina la peluquería como un lugar en el que las mujeres se dejan martirizar, poner rulos y encerrar en secadores tipo spuknic, y pasa el rato tratando de no olvidar de recibir a la mártir con aquello de "que guapa estás", la realidad es muy diferente.

Ahora en los Salones de estética - lo de peluquería se queda para las caninas - llegas y una amable chica, las más de las veces sudamericana, te recibe en la puerta, te recoge el abrigo, te ayuda a colocar una bata monísima, te acompaña a un sillón muy cómodo ante un espejo que siempre te favorece, y antes de que adivines que esa "cosa" sirve para colgar el bolso, pone a tu disposición al menos tres revistas, una de cotilleo, otra de moda y si son muy in una de decoración.

No terminas de acomodarlas en la baldita sobre el espejo cuando otra chica te asalta con las preguntas de rigor, color?, corte? algo especial?, determinado el servicio, si es color,  un momento de tensión, riéte del pantone de las pinturas, el dorado-cobrizo es superdiferente del dorado-malibú, pero con la imprescindible ayuda de la colorista, decides y allá vamos, te ponen otra bata, te pringan y envuelven el pelo de modo que pareces un pollo camino del micro ondas, y eso es lo que viene, el micro ondas de brazos especiales que te ponen sobre la cabeza y te calienta las ideas mientras contemplas bellezas en cuché.

Después viene mi parte preferida, el lavado, mi elección pasa siempre por el sillón de siatsu, que junto con el masaje circular, la temperatura y la musica ambiental, me llevan muy lejos, tanto que cuando vuelvo, solo me preocupa saber si ronco.


Y cuando tienes la guardia baja, viene el momento de la verdad personificado en Eduardo Manostijeras, ¿que decir de ese instante?, el miedo te paraliza y casi no respiras hasta que tu preciosa autoestima deja de caer sobre tus hombros, tu regazo y llega indolente hasta el suelo.

Pero si ha habido suerte, te has explicado, te han entendido y los astros se han alineado correctamente, resurges del secador de mano, casi casi glamorosa, un par de toques de placha, algún unguento mágico y ¡voielá!, divina.


Casi mareada por el esfuerzo de tratar de grabar en la mente cómo se hace "eso", llegas al mostrador, te quitan la bata, te traen el abrigo y te pasan la minuta, que es proporcional al rato que llevas dentro, llegaste de día y es de noche, así que no lo piensas, pagas y a la calle. Con un poco de suerte no llueve y con otro poco, en casa, se acuerdan y  te dicen "que guapa estás".

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