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SALOMÓN

Cuando dos niños pelean a brazo partido (del juguete que se disputan) por la posesión en exclusiva de un muñeco, lo normal es que el adulto responsable, lo retire o establezca turnos para jugar, ya que compartir es un proceso que requiere cierta madurez.
Las parejas con niños que se separan, si tienen un poco de sentido común, aunque les cueste, tratan de ceder lo que sea preciso para que sus hijos no paguen los platos rotos, porque los quieren más de lo que han dejado de querer al otr@.


No somos ositos de peluche, ni hijos pequeños, ni como en el juicio biblico, el único hijo vivo en disputa de dos madres desesperadas, pero como todos ellos, estamos pendientes de quienes, con la que está cayendo, andan más preocupados de sus intereses, conservar o conquistar el sillón, que de acometer actuaciones que permitan mejorar la situación. 

Y ahora se van reuniendo, de uno en uno o todos a la vez, en espectáculos más o menos públicos. para cambiar cromos, para hacerse los interesantes, para deshojar margaritas, para asegurar que yo quiero pero no puedo,  para pedirse unos a otros que se dejen de monsergas. Y mientras juegan en su parque,  a salvo del frío del paro, de la angustia de las facturas, quieren que creamos que se preocupan por nosotros, si Salomón volviera, no quiero imaginar la carnicería.

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