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CÓMO HEMOS CAMBIADO

Debería comenzar esta entrada con alguna frase especialmente lúcida, pero no puedo, me duelen los pies. Lo de anoche fue total y absolutamente matador, claro que la estupenda idea de "subirme" al andamio fue mía y solo mía;  que la cena iba a ser de pie, para facilitar la circulación por la sala y así el contacto entre unos y otros, se me olvidó. O quizás no, porque cómo renunciar a ese casi imperceptible efecto adelgazante de 15 centímetros de stiletto.

Con los pies en un barreño y deseando cortármelos a la altura de las rodillas, intentaré daros un paseo por el evento. Vaya por delante un nuevo hurra a la organización, seguro que se puede hacer mejor, pero no se me ocurre cómo.

Al lío, superado el instante de vértigo del hecho de enfrentarse a los compañeros de hace 25 años, la jornada transcurrió fenomenal, las tarjetas con el nombre permitían acelerar en proceso de reconocimiento al unir una cara que más o menos con un nombre que seguro y así...Oh, oh, eres tú!!

Es cierto aquello que cantaba Sole cómo hemos cambiado, pero una vez olvidadas las diferencias, esos kilos de más o ese pelo de menos (los chicos han sufrido bastante más el paso del tiempo, a alguno parece haberlo revolcado...) fue fácil olvidar los años de ausencia y ponerse al día de lo importante.

Me encantó ver a nuestros particulares Romeo y Julieta, a quienes los hados regalaron el primer amor junto al amor verdadero, contentos y felices, ajenos al dolor y la rabia de separaciones, divorcios y malos rollos. A los chicos malos, maleados por la vida, a los listos ejerciendo su saber, a las más discretas y vergonzosas convertidas en mujeres seguras, guapas y confiadas, la vida nos ha ido poniendo más o menos donde se esperaba, porque no somos tan diferentes de aquellos adolescentes que despertaban a todo.


Encontrar a la amiga que no sabes porqué perdiste, descubrir que fuiste importante para alguien a quien te ha costado recordar, saber que formas parte de las anéctodas de abuelo cebolleta que algunos cuentan en casa, reír con anécdotas que parecen propias de película de tarde de domingo, sorprenderte del camino que tomaron algunos, sentirte orgullosa del presente de otros, mirar y remirar al chico que te hacía suspirar, buscar entre las canas el brillo rebelde del novio de segundo, reencontrar la mirada limpia en los tiernos ojos de esos hijos que se enseñan primero con cierto pudor y luego con legítimo orgullo.


No sé si cené ayer con alguno de los futuros próceres de la ciudad, pero saludé a médicos, maestras, profesores universitarios (en mi época no eran tan guapos), empresarias, funcionarios, veterinarios, carteros e incluso una supertitulada ama de casa feliz de serlo. Una generación de hombres y mujeres libres, dueños de sus vidas y dispuestos a disfrutar de lo mucho que nos queda, porque aunque la crisis se hizo su hueco, entre todos llegamos a la conclusión de que tampoco va  a poder con nosotros.


Y cuando bajaron las luces y la música dificultaba las confidencias, volvimos a ser nosotros, al ritmo de los ochenta fuimos simplemente jóvenes.


Porqué al salir era casi de día y todo estaba cerrado, es algo que no termino de entender, en un trayecto de ascensor, de nuevo teníamos 42 y cielos!, cómo me dolían los pies.

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