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PORQUE ESTÁN AHÍ

Para alguien cuya mayor ascensión es la realizada a la cumbre de los 18 centímetros de unos palmeros, es  incomprensible, pero ellos dicen que suben a la montaña porque está ahí.

Estos días la cumbre del Annapurna, la montaña maldita, ha sido escenario de la muerte de un montañero español y del récord de una montañera coreana, en pugna con una española. Supongo que la sensación de "pisar cumbre" debe ser además de maravillosa, inexplicable y adictiva, pero no soy capaz de entender que valga la vida de nadie, sea por placer o por trabajo, porque no puede pensarse en la escalada de ochomiles sin la ayuda, pagada, de los sherpas.

Personas de la zona, más aclimatados que los aficionados, pero no diseñados para pasear a 8.000 metros de altura y que viven de acompañar, cargando muchas veces con los bultos de las estrellas, y de quienes en estos últimos días se han dicho demasiadas cosas.

Sé que no entiendo nada de esto, que nunca me he acercado más allá de un amable paseo desde el aparcamiento, pero en cualquier caso, jugarse la vida por un sueño me parece muy diferente de tener que jugársela por un puñado de monedas. 

La montaña se cobra el tributo de los más fuertes, de los más valientes que se arriesgan por el placer de ver lo que casi nadie puede ver, de pisar el techo del mundo, de ganarle la batalla al dolor, a la falta de oxígeno, al límite. Y a veces, también la de aquellos que los acompañan, aunque no seamos capaces de recordar sus nombres.

Gloria a los caballeros y a sus escuderos, que la Diosa de las cosechas los acoja en su seno.

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