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TRAS LA MÁSCARA

actor maduro
En el País Semanal he leído un reportaje sobre los malditos de Hollywood, un grupo de actores que no se han plegado al  star-system pero que ha sobrevivido en esa dura industria a fuerza de talento.

Se incluye en este grupo a Jeff Bridges, el gran Lebowski, los fabulosos Baker Boys o el rey pescador, un hombre alejado del glamour de la fama que suele adornarse con escándalos, divorcios y otros oropeles.



Kiefer Sutherland, aquel chulito de Cuenta conmigo, abandonado en el altar por Julia Roberts, se marchó del mundo y volvió a nuestras casas en formato pequeñito, qué estrés hija con aquellas 24 horas, de vez en cuando se pierde y descontrola, detenciones, divorcios y el abandono, el olvido. Camaleónico, capaz de combinar películas malas y éxitos de taquilla, suma ya más de 40 películas.
 


Cierran la lista Woody Harrelson, aquel alma de cántaro de Cheers, marido papanatas en  Una proposición indecente, machista En tierra de hombres, asesino psicópata en Asesinos natos, un curioso activista a favor de la legalización de la marihuana, ecologista y propietario de un bar de O2







y Robert Downey Jr. uno de esos grandes actores capaces de encarnar a Chaplin, a un asesino despiadado o al último Sherlock, con la misma maestría con la que se mete en problemas derivados de su adicción a las drogas, pareja de la divina Sara Jessica Parker, casado dos veces, padre de un hijo, candidato al óscar, parece estar retomando el control de su vida.


Al parecer tienen en común una colección de actitudes rebeldes, algunos problemas con las leyes y sobre todo no haberse dejado encasillar en un papel, ya sea de guapo, de fuerte o de graciosos. Y debo reconocer que me sorprende que eso sea vea como parte de sus problemas, para mi justito entender, lo que caracteriza a un actor es su capacidad de ser otro, es decir, de no ser siempre ellos mismos disfrazados de esto o de lo otro.

La diferencia entre una estrella y un actor es esa, al primero te gusta verlo jugar a ser lo que toque, al ser posible sin dejar de ser guapo, mientras el actor es aquel que consigue que le olvides porque te lleva al centro de su historia.


De entre los segundos me quedo con Javier Bardem, paleto saturado de testosterona en Jamón, Jamón; poeta sensible y homosexual en la piel de Reinaldo Arenas; asesino sin cerebro ni escrúpulos a las ordenes de los hermanos Coen, y todo ello sin dejar de ser algo más que guapo, enhorabuena por el premio de Cannes y por esa relación que tanto protegen él y su amor Penélope.

3 comentarios :

  1. A mí me gustan los actores según en qué papeles, no por ellos mismos. Bardém me parece un grandísimo actor pero no le veo guapo, más allá de la carga de feromonas que debe ir desprendiendo.
    Cuando era (más) joven me gustó mucho Robert Redford, que en Memorias de África creo que está genial, o en Tal como éramos, pero ha envejecido mal, no porque sea viejo sino porque le han debido hacer algo en la cara que ya no es el que fue.

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  2. Guapo, guapo, seguro que no, pero ... menudo subidón ¿no?

    Me ha encantado la dedicatoria a Penélope.

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  3. A mi no me resultan muy atractivos estos llamados malditos, y tampoco les veo mucha maldición, pero claro me resulta muy difícil enteder a los americanos.
    Bardem tampoco me parece guapo, y tanta metida en política me parece un poco excesiva, ser actor no te proporciona un máster en política internacional ¿no?

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