, ,

Cartuja de Miraflores (III excursión desde Lerma)

Si bien en el formal, serio y circunspecto Monasterio de las Huelgas resulta difícil sentirse conmovido ante la espiritualidad, todo lo contrario sucede (o sucedió a quien esto escribe) en la Cartuja de Miraflores, otro de los monumentos que el gótico regala al futuro en Burgos y que sin la oportuna recomendación de Contando los sesenta puede que nos hubiéramos saltado en nuestro afán de ver más de lo que el tiempo permite al atribulado turista por mucho que se ensueñe pensándose viajero. 

Farolas en Burgos?
Apenas a diez minutos del centro de Burgos, por una vía rescatada al tráfico ferroviario en la que llaman poderosamente la atención las luminarias, apenas un guiño colgante de cristal, se accede a la Cartuja, donde algo más de 20 monjes de San Bruno llevan una vida contemplativa basada en el silencio y la oración. 

Del soberbio edificio construido en apenas treinta años (iniciado por Juan II, fue finalizado en el reinado de su hija Isabel, conocida como La Católica) solo puede visitarse el patio de entrada y la Iglesia, ya que la clausura es absoluta y el resto del complejo está reservado a ésta.

No es normal que cuando te están explicando todo lo que no puedes ver, despertando el lógico interés sobre lo vedado, lejos de sentirte molesto casi pidas disculpas por romper el silencio con tus ruidosos pasos y tu cámara de fotos, pero la amabilidad del personal en la entrada al entregar el amplio folleto explicativo e informar de que la visita es libre y gratuita dejando a tu voluntad un donativo a la salida, se combina a la perfección con el murmullo lejano de voces que entonan cantos en gregoriano y eso obra el milagro. 

Patio de entrada Cartuja Miraflores Burgos
Así comienza el viaje, atravesando el remozado claustro acristalado que se abre al patio de entrada, los monjes cantan y tú tratas de no molestar leyendo en voz queda (la vocación de guía es propia de una oportuna distribución de tareas, yo leo y tú haces las fotografías). 

El imponente edificio, rehabilitado en 2010, es fruto del diseño del arquitecto Juan de Colonia, más conocido por ser el artífice de la Catedral de Burgos (visita programada para la tarde) y del trabajo de su hijo Simón bajo la atenta y exigente tutela de Isabel I, a quien corresponden las decisiones de incorporar las vidrieras traídas de Flandes, los sepulcros de Juan II, Isabel de Portugal y el Infante Alfonso y el impresionante retablo encargado a Gil de Siloé. El artista sin el que no puede explicarse el gótico isabelino, recargado, minucioso y de un extraordinario virtuosismo que oculta una historia personal poblada de misterios (se desconoce su origen aún cuando se le presupone flamenco con algún rasgo alemán y se le intuye converso con lo que eso suponía en tiempo de tan católica monarca, pero alcanzó una vida acomodada al frente de un gran taller uniendo su camino al de Juan de Colonia y sus descendientes, consiguiendo incluso que su propio hijo Diego llegase a ser uno de los más grandes arquitectos y escultores del Renacimiento español).

Sobre el detalle histórico, artístico y técnico del edificio no voy a extenderme porque no podría ni acercarme a la información que se puede obtener libre y cómodamente en la estupenda visita virtual que puede realizarse en la página web de la Cartuja (AQUÍ el enlace, otra muestra de cómo sin contacto alguno son los monjes capaces de hacerse presentes con tanta amabilidad) y que os recomiendo, así que voy a compartir con vosotros las sensaciones del deambular por el templo y el pequeño pero interesante museo instalado en las capillas laterales. 

Vista general nave Iglesia Cartuja de Miraflores BurgosTras cruzar la imponente puerta bajo cuyo tímpano el sol y la luna te dan la bienvenida, se entra en la elegante nave cubierta por bóvedas de crucería que se alzan en la altura casi protegiendo más que delimitando el espacio en vertical, quizás para compensar los tramos en que se divide la nave, el espacio para los fieles, el coro de los Hermanos, el coro de los Padres y el presbiterio. 

Cada tramo más cerca del misterio y a la vez más vedado al apenas iniciado que no podía cruzar más allá de la reja que protege el coro de los Hermanos y mucho menos atravesar la Felix Porta Coeli que separa éste del coro de los Padres hurtado a la vista por dos retablos gemelos. 

Porta Coleis Cartuja Miraflores Burgos
Pero hoy no somos fieles, ni temerosos cristianos del siglo XV, sino invitados por los ocultos monjes y vamos cruzando fronteras, conscientes del privilegio, atraídos por el brillo dorado del Retablo Mayor que se alza majestuoso al fondo el presbiterio.

Entre la oscura y brillante sillería de nogal donde en la intimidad cantan los Cartujos la liturgia de las Horas se alza imponente el monumento funerario de los padres de Isabel la Católica rodeados de una reja de forja que dificulta más si cabe la contemplación del Retablo cuyas figuras en círculo atraen ya todas las miradas. 

Y no es que la belleza del diseño y la delicadeza de las tallas de los sepulcros de Juan II y su segunda esposa Isabel de Portugal no merezcan atención, las figuras yacen sobre una estrella de ocho puntas plena de imaginería, que reclama un detenimiento que el ojo aún no puede prestarles, así que con casi fastidio el visitante avanza hasta el Retablo y se pierde en la riqueza de su composición. 

Sepulcro real Cartuja Miraflores Burgos
(se entiende que siendo los yacentes los promotores del convento y su más que poderosa hija quien perseverase en la empresa, ocupe el monumento funerario el lugar preeminente del tempo, quien paga manda y no es un horroroso cartel de Coca-cola, pero qué maravillosa y completa perspectiva se disfrutaría del retablo sin tamaño mausoleo en medio)

Retablo Mayor Cartuja Miraflores Burgos
Así viaja la vista desde el cristo crucificado casi dulce, a pesar de sus heridas, a las figuras de los evangelistas de las calles exteriores y vuelve una y otra vez a la rueda angélica, imagen apenas recordada de algunos códices miniados y que cobra volumen, sentido y casi movimiento en este retablo lleno de detalles, como el curioso torno giratorio que nos cuenta el folleto permite mostrar hasta seis escenas bíblicas diferentes de acuerdo con el calendario litúrgico y que por tanto presentaba un sencillo Nacimiento. 

Satisfecha la ansiedad de contemplar más de cerca el retablo imán (imprescindible introducir la moneda que lo ilumina para disfrutarlo plenamente), puede dedicársele ahora la merecida atención al monumento funerario del Infante Alfonso, en alabastro como el de sus padres, y volver de nuevo al detalle de los bajo relieves del Sepulcro real y disfrutar de sus leones, perros y dragones en creíble movimiento o de la delicadeza de las hornacinas que acogen las Virtudes. 

Detalle sepulcro Cartuja Miraflores Burgos
Qué increíble suerte que a pesar del destrozo provocado primero por la invasión francesa y más tarde por los reiterados abandonos, estas figuras puedan seguir conmoviéndonos por la delicadeza de su factura mientras nos conquistan con su simbología apenas accesible en su momento a una minoría más que reducida. 

Quizás es en este momento, volviendo la mirada al pie del tempo cuando te das cuenta del camino realizado, perdiendo la vista en las bóvedas, en el tímido aire tintado por las vidrieras y en la presencia de algo evocador que te acompaña con sutileza, un aroma delicado pero ya plenamente apreciable. 

Apenas por un instante se imagina una viviendo en silencio tan solo roto por la reiterada oración, entregada a la meditación, lejos del mundanal ruido y sus fastos engañosos, pudiendo perder la mirada ahora en un ángel, ahora en el pálido reflejo azul sobre el muro, dejándo la mente vagar mecida por el hipnótico canto de tus compañeros ajenos en su meditación, casi olvidados incluso de tu presencia.

Bojarte Cartuja Miraflores Burgos
Se abandona la nave para visitar el pequeño museo instalado en las capillas laterales donde entre otras obras una preciosa Anunciación de Berruguete atrapa la mirada, imposible no perderse en la sutil transparencia del jarrón que alberga el lirio; en la sala contigua rodeado de parte del tesoro de la Cartuja, nos llama la atención un sencillo Bojarte de madera, el antecesor cartujo a las temibles planillas del trabajo por turnos, entre sonrisas nos llevan los pasos hasta la Capilla de Miraflores con sus frescos en paredes y techo, tan absolutamente barroca que abotarga los sentidos incapaces de reaccionar ante nada más hasta toparse con el sorprendente Sorolla en blanco y negro sobre la crucifixión que cierra la exposición. 

De nuevo en el espacio para los fieles, el viaje termina con una mirada al lejano y casi oculto presbiterio, de vuelta al claustro, la generosa voluntad y en la diminuta tienda, apenas un anaquel al que no prestamos atención al entrar, la pregunta inevitable ¿a qué huele? y la sonrisa amable que desvela el misterio: la Cartuja de Miraflores huele a rosas, a la esencia de rosas que en silencio elaboran los monjes, junto al jabón que todo lo lava o el que impide las arrugas, una sencilla manera de llevar contigo algo de la magia, la calma y la paz que se respira dentro.

14 comentarios :

  1. Burgos lo conozco pero esto no;otra vez será y desde luego bien informado quedo. Me gusta visitar las catedrales, iglesias, monasterios conventos los que "dejan", y todo lo que esté relacionado con el clero. Para nada soy creyente, pero entiendo el tesoro y las maravillas que encierran muchos de estos monumentos. Sobre todo me gusta visitarlos en verano, porque se está muy fresquito jajaja.

    Besos Pilar.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que trasladan una calma que es difícil encontrar hoy.
      Un beso

      Eliminar
  2. La próxima vez me lo voy a mirar a la luz de tu visita.
    Los jabones fincionan, oye.
    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por insistir para que fuera, ya ves que me encantó.
      Un beso

      Eliminar
  3. Los monjes cartujanos. Desde hace siglos siguen manteniéndose. No lo comparto pero admiro la devoción.
    Ahora, que no les pase con.o a esas 3 monjas que no las permitían salir.
    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo tampoco comparto, será falta de fe, pero la idea de retirarse me resulta atractiva.
      Lo de las monjas si se confirma debería tratarse como delito de trata ¿no?
      Un beso

      Eliminar
  4. Aunque recuerdo haberlo visitado, siempre que me refieren Burgos mi mente se va a dos lugares para mi fundamentales, Atapuerca y su museo en la capital.

    Saludos

    ResponderEliminar
  5. Nunca he estado allí. Pero es que las ganas se le animan a uno leyéndote. Aún sin ser fieles o cristianos temerosos del siglo XV como bien indicas. La belleza es belleza incluso en el lenguaje descreído. Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La belleza es lo que nos salvará dice una amiga y cada día creo más en ello.
      Un beso

      Eliminar
  6. Estuve allí hace muchos años. Era casi una niña.
    No sentí aquel aroma a rosas, que no me perdería esta vez, de regresar un día.
    Recuerdo que nevaba hasta decir basta...
    Hoy,de tu mano, me hiciste mucho más ameno el paseo de lo que me resultó entonces.
    Y eso que me encantan estos lugares en los que el tiempo se detuvo. Soy muy de piedras aunque no tenga fe alguna.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. La fe tiene poco que ver con la sensación, la belleza, la calma, el tiempo detenido, el polvo jugando a ser precioso en la luz que se filtra en una vidriera...en fin, que mejor esas piedras que la prensa.
      Un beso

      Eliminar
  7. Que lerdo debo ser...
    Yo no aguantaría ahí ni cinco minutos.
    Quizás porque no sé ver lo que ves tú.

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. A la próxima te vienes conmigo ;)
      Un beso

      Eliminar