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Por la Ribera del Duero. 1ª Etapa; En gregoriano

Salto del rio Arlanza Ribera del Duero
Retrasando el inevitable regreso al trabajo, el verano pasado al volver de Asturias hicimos un alto en la Ribera del Duero, qué mejor excusa que pasar un par de días con buenos amigos descubriendo su tierra.


Cruzamos la cordillera cantábrica sobre una imponente autovía que salva la orografía mediante impresionantes túneles y viaductos con la mirada puesta en el “pueblo de las galletas” (probablemente una de esa inversiones en infraestructuras tan denostadas por su escaso uso, argumento que suele olvidar las necesidades de territorios a los que las condiciones geográficas han dejado en el borde del camino del desarrollo y el progreso). A las afueras de Burgos, en el sorprendente complejo Landa (a mitad de camino entre un meublé discreto y un parador sin vitola) Contando los sesenta y su colega nos esperan para iniciar la ruta.

Rápidamente abandonamos las autovías para perdernos en carreteras nacionales y comarcales mucho más adecuadas al territorio que atravesamos, parajes de secano triste, pueblos pequeños que el viajero imagina pobres, tan parecidos a muchos aragoneses, debemos dejar a un lado Covarrubias, cuna de Castilla, por falta de tiempo (primer pendiente del viaje) y proseguir hasta nuestro primer destino; Santo Domingo de Silos.

Santo Domingo de Silos plaza mayor
Santo Domingo de Silos forma con Lerma  y Covarrubias el Triángulo del Arlanza; localidades unidas por su rico patrimonio cultural e histórico, bañadas por el río Arlanza que cuentan con atractivos más que suficientes para merecer el viaje, porque se entrecruzan en ellas la Ruta de la Lana, el Camino del Cid o el Camino Castellano-Aragonés.  

Aún cuando debe su esplendor, al Monasterio, el pequeño municipio conserva un interesante conjunto monumental que incluye restos de murallas, algunas casonas blasonadas o su iglesia gótica, y se encuentra bien provisto de hoteles y restaurantes.

Hospedería Santo Domingo de SilosA diferencia de lo habitual, es por lo más mundano por lo que empezamos (horario obliga) así que tras un fugaz vistazo al ciprés (realmente una monumental secuoya) que adorna la entrada a la hospedería abacial (tan impresionante que dudamos de si fue el destinatario del poema de Gerardo Diego) nos dirigimos, con la seguridad de hallarnos en las mejores manos, al Asador Casa Emeterio que se encuentra en el interior de la casona del Hotel Tres Coronas de Silos. 

El susodicho cordero...Un elegante espacio de ambiente castellano, rebosante de madera pulida y brillante con una espectacular escalera, donde nos espera, aún en el horno, un sabrosísimo cordero asado precedido de unos platos de morcilla de Burgos y pimientos rojos, dispuesto todo a ser regado con el vino de la tierra, que en ésta son palabras mayores, esto es Ribera del Duero.

No sin esfuerzo, y gracias a la inestimable colaboración del menor de mis herederos, encantado de escaparse con sus mayores, podemos con todo y una vez satisfecho el cuerpo nos disponemos a alimentar el espíritu visitando la Abadía de Santo Domingo de Silos, lamentablemente no hemos llegado a tiempo de escuchar en directo los cantos gregorianos de los monjes, pero como no hay mejor banda sonora para esta visita, os recomiendo darle al play mientras la recorremos.


Aun cuando el Monasterio de Silos es heredero de unas primitivas granjas monásticas establecidas en el siglo IX a la par que la reconquista castellana, no es hasta 1041 cuando, con el monje riojano Domingo al frente, el monasterio alcanza renombre por su magnífico claustro y su scriptorium.

Lateral Iglesia Santo Domingo de Silos
A principios del s.XVI tras un periodo de atonía, el monasterio se adhiere a la Congregación Benedictina de Valladolid y se inician las obras del monasterio moderno junto al medieval; la muralla perimetral, el ala sur de las celdas de los monjes, la capilla de Santo Domingo y la iglesia neoclásico-barroca. 

La desamortización de Mendizábal, dispersa la comunidad e interrumpe la vida monástica en Silos durante cuarenta y cinco años, hasta que en 1880, un grupo de monjes benedictinos franceses decide instalarse en él y acometer la restauración junto a una minuciosa tarea de recuperación de bienes culturales, como los que conforman el archivo medieval o la farmacia.

Claustro de SilosLa visita guiada permite el acceso al claustro románico, el museo y la botica, la rica biblioteca puede ser visitada por estudiosos e investigadores o consultada por Internet y la hospedería está dispuesta a dar cobijo y paz por espacio de una semana, sólo a varones.

El claustro de Santo Domingo de Silos es uno de los más impresionantes que he tenido el privilegio de visitar y no solo por sus amplias dimensiones, sus setenta arcos, la belleza de sus bajorelieves, la soltura con la que el maestro de obra resuelve las pequeñas discrepancias en las crujías (lados), la armonía del piso superior edificado dos siglos más tarde (finales del s.XII), el tono dorado de su sillería, el suave resonar del agua de la fuente o el impresionante ciprés que parece indicar el único camino que puede emprender quien se aventura bajo su arcada, el conjunto transmite una belleza serena y ordenada, un propósito de ser camino y refugio que te traspasa.

Lamento la mala memoria que me impide recitar completo el poema, hasta recuerdo que estamos en el siglo XXI y tenemos internet en la mano:


Ciprés de SilosEnhiesto surtidor de sombra y sueño  
que acongojas el cielo con tu lanza.  
Chorro que a las estrellas casi alcanza  
devanado a sí mismo en loco empeño.  
Mástil de soledad, prodigio isleño,  
flecha de fe, saeta de esperanza.  
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,  
peregrina al azar, mi alma sin dueño.   
Cuando te vi señero, dulce, firme,  
qué ansiedades sentí de diluirme  
y ascender como tú, vuelto en cristales,   
como tú, negra torre de arduos filos,  
ejemplo de delirios verticales,  
mudo ciprés en el fervor de Silos.


Claustro Santo Domingo de Silos
Las diferentes columnas, sus giros, tamaños, los arcos que crecen o se estrechan, el suelo alfombrado en piedra caprichosa, los dos artistas que labraron el claustro de Silos evocando con su trabajo en los capiteles o en los conjuntos escultóricos de las esquinas una suerte de belleza que se resiste a ser atrapada, a la par que abren vías de meditación y pensamiento, recorriendo hitos de la historia sagrada como la Anunciación o el Árbol de Jesé, los arcos abiertos a las antiguas dependencias, el rico y policromado artesonado de madera, el eco de tus propios pasos...

Claustro Santo Domingo de SilosCuesta abandonar el claustro y dirigirse obediente al museo, donde aguardan esculturas mozárabes y románicas, testimonios arqueológicos de la primera vida de Silos, un monasterio que el viajero imagina enorme y laborioso como una colmena, cada monje con su afán: talleres de esmalte, platería, cerámica, cantería…

Entre las obras que conserva, dos llaman nuestra atención; el tímpano del s.XII procedente de la desaparecida iglesia románica que no es difícil imaginar saliendo del mismo cincel que los bajorelieves más antiguos del claustro, y la imagen de Santa Ana, la Virgen y el Niño en piedra policromada del s.XIV

Museo de Silos
Junto a las obras de arte, destaca la hermosa botica, heredera de un timepo en el que el monasterio dedicaba buena parte de sus esfuerzos a cuidar los desvalidos cuerpos de los hombres en su hospital y la leprosería.

En busca del conocimiento que permitiese luchar contra la enfermedad y la muerte, los monjes adquirieron libros de ciencia y exploraron el saber de la naturaleza, legando una hermosa biblioteca y un jardín botánico que tan sólo podemos evocar.

lavadero SilosY todos los remedios, recogidos en cerca de 400 jarros de loza, hechos expresamente para el monasterio componían el botamen, que se despliega en anaqueles del s.XV junto a los hornos, retortas y alambiques, dónde no es difícil imaginar que se elaborasen pócimas más mundanas.

Tras salir del monasterio, recorremos algunos edificios anexos como el lavadero, el puente sobre el Arlanza o el depósito de agua, sencilla belleza tras un cierto empacho de simbología medieval.

Antes de abandonar la sierra de la Demanda en su versión burgalesa, nos acercamos al Desfiladero de la Yecla, un estrecho congosto que discurre entre las peñas calizas, hogar de una numerosa comunidad de buitres leonados.

buitres en la Yecla
El recorrido, de algo más de dos kilómetros se inicia frente a la entrada del túnel que atraviesa las peñas; unas escaleras nos llevan hasta el cauce del arroyo donde una serie de pasarelas y puentes recorren el interior del desfiladero en un caminito que en bastantes tramos no permite el paso de dos personas y en otros precisa agacharse más que discretamente

Bajo las pasarelas discurre el arroyo saltando y brincado, dibujando con su insistencia curvas y volúmenes sobre una piedra que parece dichosa de ceder ante la húmeda caricia, sobre el cielo, que se antoja muy lejano, se atisba el vuelo de las enorme aves.

La temperatura baja, la humedad sube y el silencio se hace poco a poco con los caminantes, cohibidos por la masa pétrea que en ocasiones parece dispuesta a engullirlos, finalmente se alza la empinada escalera que te rescata del estrecho hueco y apareces al otro lado del túnel, nada impide ahora disfrutar del acrobático vuelo de los buitres, hermosos en la distancia, inquietantes en la cercanía de las peñas a las que el sol otorga sensación de ardientes.


Al límite de la capacidad de disfrute, nos dejamos guiar hasta Peñaranda de Duero un, en apariencia, diminuto y amurallado pueblo castellano que se descubre impresionante apenas traspasas sus puertas al abrirse en una amplia plaza sobre la que se señorea la elegante silueta del Castillo del s.XV con su imponente torre del homenaje en perpetua guardia.

palacio de Avellaneda Peñaranda de Duero
A la derecha, el Palacio de los Condes de Miranda o de Avellaneda, del s.XVI con el escudo de los Zúñiga en la fachada, cobijando un precioso patio porticado de galería doble; el piso inferior con arcos de medio punto sobre pilares decorados y el superior de arcos de tres puntos (o carpaneles) sobre columnas. Que esconde tanta historia como imagina el cotilla visitante, que no puede evitar pensar en otros patios y otros palacios renacentistas como el Patio de la Infanta o la Casa del Infanzón Jerónimo Cósida en Zaragoza.

Iglesia de Peñaranda de Duero
A la izquierda, la enorme iglesia, ex colegiata de Santa Ana, con portada barroca en la que destacan (al modo un cristo dos pistolas) tres bustos romanos de la cercana (y claramente expoliada) ciudad de Clunia Sulpicia, colonia romana que en sus días de esplendor llegó a tener 30.000 habitantes.

Y en medio de la plaza, el Rollo jurisdiccional del s.XV, una columna de piedra rematada en una especie de aguja labrada soportada por cuatro canes en forma de cabeza de león que apenas se adivinan por la erosión. Por si os pasa como a nosotros y no tenéis tan estupendos guías, os cuento que el Rollo se utilizaba como insignia de jurisdicción y que a menudo servía de picota. Estos rollos indicaban la categoría de la villa y la autoridad a la que quedaban sujetas.

Torremilanos Ribera de Duero
Tras un café bajo los pórticos de la plaza, nos dirigimos a la posada. En este caso un auténtico châteu en el corazón de la Ribera del Duero, la Finca Torremilanos, qué mejor modo de prologar la inmersión vitivinícola de mañana.

Enclavada en una finca de 200 hectáreas de tempranillo, la bodega comparte medianera con el Hotel de apenas 40 elegantes habitaciones, un restaurante que navega sin dificultad entre la vanguardia y la tradición y una terraza donde disfrutar de una animada tertulia bajo la luz de la luna.

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