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Un secreto

Los gritos intercalados entre rítmicas palmadas cruzaron el patio y se colaron por la ventana abierta despertándolos; por difícil que fuese de imaginar alguien estaba pegando a aquel hombre grande y serio, aún sin su sombrero, que era el abuelo.

Salieron de la cama, descubriendo en ese instante el extraño silencio de la cocina, vacío de ruido de cazuelas o animadas charlas. La cruzaron despacio y midiendo cada paso se internaron en el largo tramo del pasillo deteniéndose en cada crujido de la madera, atraídos por el persistente golpeteo apenas roto por gritos y protestas.  

Avanzaron, sin encontrar a nadie, hasta las puertas del salón, la luz que entraba a raudales por las ventanas del mirador les ofrecía a través de los cristales esmerilados, la extraña silueta de alguien tumbado sobre la mesa mientras otra persona se afanaba en darle una soberana tunda.

Incapaces de resistirse y sin mediar palabra, avanzaron hasta el gabinete, como en otras ocasiones en las que la curiosidad o el aburrimiento se había apoderado de ellos, se apostaron a ambos lados de las puertas correderas, se miraron a los ojos y en mudo acuerdo ella deslizó el pestillo, con otra mirada se infundieron valor para abrir una diminuta rendija, y aún les hizo falta una tercera para poner el ojo en la abertura, una cabeza sobre la otra.

Apenas unos instantes después, cerraron y sin atreverse a colocar el pestillo en su posición original recorrieron el camino a la inversa en absoluto silencio, luchando por no salir corriendo al ritmo del tambor en que se habían convertido sus corazones. 

Permanecieron callados en sus camas hasta que la cocina se llenó de voces y los llamaron al desayuno, hoy con porras que habían traído su madre y su abuela tras los análisis de sangre.

Jamás lo mencionaron, pero aún ahora cuando escucha una cuña de radio o lee algún anuncio de fisioterapia a domicilio, se siente pequeña y asustada contemplando el cuerpo semidesnudo de su abuelo sometido a la tortura de las manos pequeñas de aquella mujer disfrazada de enfermera.

11 comentarios :

  1. Y tan genial. Con ese disfrazada de... que lo rubrica, tan siniestro y tan revelador. Estas tan acostumbrada a sintetizar en tus entradas de cada día que cuando escribes, tu prosa es intensa como la poesía. Y muy bien medida. Y no se olvida de contar una verdad de claro, triste actualidad. Buen fin de semana.

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  2. Ay Pilar! Qué hablas de lo mío! Yo te trataría con mucho mimo y cuidado. Aunque hay masajistas y físios que son unos auténticos animales, lo corroboro.
    Es tan intenso como lo cuentas, que lo podemos vivir todos.
    Un besito.

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  3. Mi abuelo también era un picaflor.

    Besos

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  4. Me has tenido con el alma en vilo.

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  5. Ains, me has tenido en vilo, mala, para al final respirar ¡muy bueno!

    Besos

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  6. Oh, muy bueno! No te conocía esta faceta. Qué grata sorpresa, Pilar.

    Saludillos!

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  7. Te vas superando día a día, nena.
    Besos.

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  8. Pilar una bonita sorpresa, espero que no sea la última. Has logrado que sintiera el temor infantil a lo desconocido. Ha sido tierno, y ocurrente.
    Un abrazo muy grande

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  9. Gracias por las valoraciones positivas, ando experimentando...

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  10. que buena historia Pilar ¡¡

    genial ¡¡ un placer leerte

    un beso y buen inicio de semana

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