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Turistas por Portugal (II) Sintra, Cascais y Estoril

Dispuestos a no padecer de nuevo la ausencia de aire acondicionado y la visión imposible de la última fila, nos conjuramos para llegar antes a la cita con el autobús, ilusos principiantes, con más de 15 minutos de adelanto, los de Pina ya han establecido su formación tortuga. 

Palacio Nacional de Sintra
A pesar de ello, ser cuatro nos otorga cierta ventaja y encontramos asientos con ventana y aire (la ola de calor pasa ya de marejadilla a fuerte marejada), y Sintra, un reducto de árboles enormes muy cerca de Lisboa, y su palacio nacional manuelino (para visitar el de la Penha no hay tiempo ¿quién programa estos itinerarios?) nos reciben con las calles a medio poner.

Sintra
En un alarde de rebeldía nos atrevemos a dejar a un lado el grupo y escaparnos en un trenecito turístico que nos permite apreciar las joyas menos obvias de la capital de veraneo de los reyes portugueses, que como en todo país civilizado supone una miríada de pequeños palacetes con los que suponemos los condes, duques y demás privilegiados trataban de hacerse su hueco en la corte.

Cabo da RocaDel resultado de la intervención humana en el territorio al agreste Cabo da Roca, dónde asegura Camoes que la tierra se acaba y el mar comienza, es decir el punto más occidental del continente europeo, y dónde podemos asegurar que hacía un frío incomprensible.

Tras las fotos de rigor, con la consiguiente lucha a brazo partido con quienes piensan que esperar no es para ellos, nos llevan a comer a una quinta típica, dónde tras la crema de verduras caliente de rigor, probamos un plato típico portugués, ¿bacalao? No, contra de ternera asada que estaba más que rica. Incluso tenemos tiempo para un café aunque tratar de explicarles a los camareros para qué queremos hielo, se convierte en toda una odisea.

Boca del Inferno
De nuevo en ruta nos sorprende la costa portuguesa, por momentos similar a la de Cádiz con sus blancos arenales sacudidos por un viento que eleva con gracia las cometas de los avezados skaters. Volveremos a detenernos en la Boca del Infierno, que hoy con marea baja y sin oleaje recuerda más al purgatorio de esperar a que pase algo que no pasa.

Penúltima parada, Cascais, nos cuentan que es el homólogo portugués de Saint Tropez, aunque el perfil de su ciudadela nos recuerde mucho más una aventura de Sandokan, será que andamos faltos de glamour. Cierto es que tras abandonar su amplio recinto, las villas que se asoman sin mostrarse susurran tiempos de realezas exiliadas e historias de espías. 



Pero la capital del aristocrático descanso no debe estar hecha para ser descubierta a la carrera, así que apenas nos perdemos por sus callejas empedradas y nos tomamos un refresco frente al puerto cuando la alarma nos recuerda que nos vamos... quizás no hemos sabido encontrar su belleza.

La última etapa es Estoril, más bien el Casino ya que hasta sus puertas se dirige sin reparo alguno el autobús, consciente del look turista asado de calor con el que lucimos todos, y mientras Víctor nos indica incansable los treinta minutos de libertad que nos corresponden, me dejo llevar por el grupo hasta la puerta dónde salvo indicarnos que no se pueden hacer fotos, pedirle el carnet al menor de los herederos (buen ojo el del enorme portero) a nadie parece sorprenderle el muestrario de bermudas, chancletas y camisetas que lucimos (incluida la muestra del fanático del fútbol que nos deleita con una camiseta de Cristiano Ronaldo, sin tableta de chocolate, que seguirá adherida a su cuerpo los próximos tres días) y sin más ceremonias entramos en el Casino, un edificio moderno sin rastro alguno de estilo o gracia dónde se esconden del sol personas dispuestas a entregar su dinero a la banca a cambio de músicas y colorines electrónicamente programados para hacer creer que sí, que es posible cambiar un euro por miles.


Casino Estoril
Casi en silencio subimos al segundo piso buscando algo más que cientos de tragaperras en carrusel y entramos las salas de ruleta y Black jack dónde algunos hombres sudorosos contrastan con el atildado estilo de las crupiers y las fichas se mueven al eterno ritmo del faites vos jeux, rien ne va plus. Qué lejos el embrujo de los caballeros en smoking y las damas en traje de noche, aquí todo parece sórdido y casposo.


En el autobús de vuelta repasamos la jornada que los tiempos tasados, las continuas exhortaciones a no llegar tarde y el calor han hecho agotadora, tanto que apenas nos quedan fuerzas para una ducha, la cena, el reajuste de las maletas y tras un paseo en el que constatamos que la lucha animalista no se acalla por la muerte en la intimidad del toro, (estamos muy cerca de la plaza de toros de Lisboa de curiosa factura y asistimos a la manifestación contra el festejo de rejones que se celebra esta noche, ruidosa y pacífica), nos vamos a dormir. 

Mañana la jornada empieza a las ocho y el asalto al bus será con equipaje. Un vistazo al programa nos recuerda que nos esperan Óbidos, Nazaré y Aveiro antes de llegar a Oporto.

13 comentarios :

  1. Estoy segura de que, cuando haya pasado un tiempo, tras un nuevo repaso a las fotos, recuperarás los buenos recuerdos y olvidarás el calor, la fatiga y las prisas porque, así, al pronto, el viaje que cuentas no parece muy sugerente. Yo lo recuerdo todo con mucho más glamour. Del casino no hablo porque no lo conozco.
    Esperando la siguiente etapa.

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    1. Tienes razón, organizando las fotos, descubro en ellas una belleza que me resultó difícil percibir "in situ", Sintra es un oasis verde, donde la naturaleza compite desde hace siglos con la arquitectura, sin que pueda declararse un claro vencedor y no resulta complicado imaginar tiempos en los que era la corte de un imperio en expasión. Del mismo modo que resulta emocionante contemplar el océano desde Cabo da Roca y tratar de desentrañar el misterio que impulsó a los portugueses a aventurarse más y más allá, como es hermosa la belleza indómita de la Boca del Infierno que nos recibió con una engañosa calma sin ser capaz de ocultar lo fiero de su carácter.
      Del mismo modo Cascais juega con dos momentos históricos diferentes sin que ninguno estorbe al otro, su ciudadela, estructura replicada a lo ancho y largo del planeta, sigue observando el horizonte dispuesta a retar a quien se aproxime demasiado, como una madre protegiendo a sus retoños, y sus palacetes, apenas atisbados tras las vallas, susurran historias de veranos de muselina blanca, de tiempos en los que la playa todavía era el puerto seguro de pescadores de bajura.
      En estos primeros días del viaje nos resultó muy difícil adaptarnos al sistema de tiempos tasados, a las continuas prisas, a renunciar de antemano a dejarnos conquistar por una fachada o por la promesa de una callejuela en penumbra, pendientes siempre de un reloj, como el conejo de Alicia bajo el miedo a llegar tarde.
      El calor, la sensación de desembarco en plan "langosta"... afectaron sin duda una viaje en el que por querer abarcar tanto tengo la sensación que apenas se disfruta nada.
      Besos

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  2. Fue llegando a Cascais donde nos confirmaron a todos los viajeros el mal conducir de los portugueses, no se si seguirán igual de malos, un mal adelantamiento casi nos mata a todos los que allí nos encontrábamos; con motivo del incidente, a la llegada a la ciudad, los frenos o no recuerdo mal que fue, el bus no pudo arrancar y allí nos quedamos hasta que la cosa se solucionó. Es un mal recuerdo.

    Saludos

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    1. Recuerdo más complicada la estrecha carretera de Sintra, y sobre si conducen bien o mal, tengo la sensación de que cuando estás fuera de tu entorno, todo te parece más peligroso. ¿no crees?
      (que tú vives en Granada, una de las ciudades en las que recuerdo el tráfico como más loco)
      Un beso

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  3. Es una de las zonas más atractivas de Portugal. Maravillosa.

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    1. Cómo lamento no haber tenido esa sensación, aunque como comentaba con Contando los sesenta, si soy capaz de anular las prisas, el calor, la presión del grupo...sin duda es hermoso.
      Un beso

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  4. Portugal será mi siguiente destino turístico pero probablemente no me atreva con el verano. Las aventuras me gustan a temperaturas más moderadas que las de la canícula. De momento déjame envidiarte de todos modos estar de viaje y de vacaciones. Besos

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    1. Los otoños suelen ser muy húmedos, te recomiendo la primavera. A partir de mediados de febrero hasta junio.

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    2. Sergio, al parecer sufrimos una ola de calor con temperaturas 7 u 10 grados superiores a lo normal, pero en todo caso como dice Valdomicer, que es la voz de la experiencia en éste y otros asuntos, seguro que en primavera luce en todo su esplendor. Y con tiempo, sin prisas, sin más reloj que el que te susurra primero y te grita después que tienes hambre...

      Besos a los dos

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  5. Te agradezco la sinceridad.
    De corazón.
    Normalmente la gente oculta lo negativo de sus experiencias con la vana intención de noséqué porque, al menos en mi caso, no creo nada de lo que cuentan aquellos a los que todo les sale bien y sus vidas son siempre maravillosas.

    Besos.

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    1. La vida sólo está completa con sus sombras.
      Un beso

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  6. Me has hecho volver a viajar, te lo agradezco.
    Disfruto muchísimo esta lectura, estas fotos
    y vuelvo a las mías también.

    Voy a la siguiente.

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