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Paso a dos

Plaza de los Sitios
Cada mañana la misma rutina que nunca es la misma, porque jugando con el caprichoso tiempo de primavera, ayer viento, mañana lluvias que no terminarán de decidirse y hoy este sol que sabe a agua por mucho que las retinas reclamen las gafas, cambian cada día de atuendo haciendo gala de un amplio fondo de armario. Llegan por la calle Mefisto, que no está dedicada al diablo como podría parecer, sino a Fernando Soteras, periodista del Heraldo de Aragón que a primeros del siglo XX glosaba bajo este seudónimo las «Coplas del día» sobre la actualidad de la ciudad.

Con su cortavientos rojo oscuro camina por el lado exterior de la acera prestando el brazo derecho como apoyo adicional al bastón con empuñadura de nácar que sujeta con la mano derecha y con el que no pocas veces juega a repiquetear los marcos de las ventanas del sótano, imagino que inquietando a quien desde la sala de ordenadores solo puede alcanzar a verlos si tras el primer sonido mantiene fija la mirada en la segunda ventana y aún así apenas podrá ver dos pares de piernas que despacio pero sin claudicar bajan hacia el chaflán de la puerta, las alumnas (no cabe referirse a los alumnos, especie en peligro de extinción que curiosamente no afecta a los profesores, ni a los jefes, peculiaridades de la administración pública) imaginarán si la clase no es muy entretenida, o cosa que sucede con frecuencia, se ha colgado el sistema, que se trata de cierta torpeza en el manejo del apoyo sin adivinar que es un modo de saludar a quienes vistas desde arriba parecen niñas en el colegio, sentadas por parejas frente a las pantallas, una interrupción amable y musical.

Llegan al chaflán y saludan con un gesto al guardia de seguridad, giran un poco a la derecha para cruzar la calle Escar (Don Mariano, tipógrafo, bibliófilo, editor de mucho gusto y miembro de la Real Academia de San Luis) y detenerse apenas un instante en la contemplación de las figuras que adornan el Museo Provincial conviviendo en la fachada con las banderolas de las exposiciones temporales tan llenas de color que más que contrastar sobre el ladrillo caravista parecen escapar de su interior y colarse por los intersticios del mortero y más abajo, tras la verja, ese curioso tapiz de tréboles de vibrante verde que ha desplazado al mustio césped. Girarán sus pasos esta vez a la izquierda y cruzarán hasta la plaza, por la esquina donde por años ha reinado el buzón de correos, callado mensajero de cartas que ya no llegan porque ya no hay quien escriba sino sobre una pantalla y las facturas y extractos del banco no los distribuye Correos sino esa chica regordeta que arrastra su carrito azul como si la bola de un presidiario de tratase.

Sin prisa, como si las piernas no estuviesen a punto de rendirse se sientan en el primer banco frente al parquecillo, antes lo hacían en el primero del todo, pero ahora se acumulan en frente los contendores verdes y ni el ancho de la calle, desde el seto recortado hasta la hilera de bancos, ni el fresco que no potencia los olores evitan que sea una imagen fea, así que una treintena de pasos más, una ligera inclinación de un cuerpo hacia delante que tratan de compensar con la marcial postura del otro, como si fuesen una única silueta de cuatro piernas cruzando un cable sobre los impresionantes rascacielos de Nueva York, llegan a la primera etapa.

Antes de conocerlos tanto como ahora pensaba que era su meta, pero a penas pasan en él unos minutos, recuperando el aliento discretamente, sin aspavientos, cuando se levantan decididos hacia la fuente que rodea, protectora, el monumento de los Sitos presidido por Agustina y su cañón, dónde giran en sentido contrario de las agujas del reloj hasta alcanzar el que sí es su objetivo, el banco junto al kiosco algo apartado del tráfico habitual de la plaza, de los chillidos de los niños, las carreras de los perros y los grupos de turistas, cada vez más numerosos que se agolpan tras la guía que explica el origen de la Plaza y el monumento, hijos de la Exposición Hispano-Francesa de 1908 y que aún no ha incorporado la tecnología que le permitiría no hablar a gritos.

A cubierto del sol, cuando decide asomarse, gracias a las ramas altas del magnolio y el cedro del Himalaya sobre el que incluso las cotorras argentinas han renunciado a anidar, se acomodan, creo que antes se acercaban al kiosco que ahora proclama a gritos mudos el estado del periodismo tradicional con un cartel descolorido de SE TRASPASA quizás si el Ayuntamiento permite un cambio de licencia se convierta en una tienda de chuches, o simplemente desaparezca. Así que lo sacan de la bandolera de tela de cuadros escoceses y tras un curioso revoloteo de hojas, se lo reparten.

La lectura de la prensa oficial no les lleva demasiado rato, quizás no repasen más que los titulares y las esquelas, pero permanecen sentados allí por cerca de media hora, a veces saludan con una inclinación de cabeza a alguna de las ancianas que en silla de ruedas hace un recorrido similar al suyo al ritmo cansado de la sudamericana que la empuja.

Sólo si aciertas a pasar en el preciso momento en que están a punto de retirarse podrás ver como sus manos se tocan, despacio, morosas, justo antes de recuperar la verticalidad, ofrecerse el brazo, apoyar el bastón e iniciar el camino de vuelta a casa, siempre por la misma esquina, siempre sobre sus mismos pasos.

7 comentarios :

  1. Pues ya que te entregas totalmente a la creación literaria con enjundia me entrego yo a leerla con placer. Este texto le saca todo lo que puede a una escena cotidiana y la eleva sobre sí misma. Excelente otra vez. Besos

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  2. Un relato, una historia de vida, solo hay que fijarse y luego hay que saber escribir. Un abrazo

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  3. escribis lindo muchacha de los ojos color luna

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  4. Muy bonito, eso si que relatar la vida diaria de una persona, y conocer hasta el último detalle, yo más diría que se sabe hasta como respira.

    Besos Pilar.

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  5. No sé si te suena el nombre de un escritor y político nacido a mediados del siglo XIX: Mariano José de Larra y Sánchez de Castro se llamaba. Y escribía tal que así. No creas que está al alcance de cualquiera. Esto es como los céspedes británicos, solo requiere regar y segar, regar y segar, regar y segar durante doscientos o trescientos años.
    Besos.

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