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Casi iguales

Son casi iguales, la identidad de sus atuendos, casi uniformes, fuerza la equiparación, aunque al más pequeño le delata el bulto de los pañales bajo el pantaloncito corto gris a juego, supongo, con la camisa azul Oxford que apenas se adivina bajo el jersey de pico verde que se asoma por la chaqueta acolchada azul que por mucho que se empeñen suele llevar desabrochada.

No cabe duda de que su aspecto proclama quienes son, y si bien podrían pasar por dos hijos de familia de clase media clásica (si es que aún queda de eso) vestidos para la ocasión, léase bautizo, boda o comunión, a ellos no les regaña nadie por dar patadas con sus mocasines brillantes y desde luego no se sienten incómodos o acartonados bajo el conjunto con el que bajan a jugar al parquecillo infantil de la plaza los días de diario, a esa extraña hora en la que muchos duermen la siesta y otros salen del trabajo, sólo en alguna ocasión excepcional, tras descolgarse de la casita/fuerte los faldones de las camisas asoman apenas el instante que tarda su cuidadora en recomponerlos en los perfectos figurines que imagino salen de casa, apenas a unos pocos metros de la plaza.

Son casi iguales, sus cortes de pelo, la blancura de sus caras, los ojos grandes y ese aire indefinible de última camada de familia de complicados apellidos compuestos, el modo con el que consiguen que el columpio se quede vacío cuando se acercan, la velocidad con la que la mayoría de niños les devuelven la pelota, sin apenas remolonear, porque aunque sus madres se sienten a veces junto a la cuidadora, siendo complicado afirmar que no sean si no primas al menos vecinas de la misma lejana aldea, los niños saben. Y  los pequeños que salen de la escuelita de La Caridad probablemente mucho más, así que se resignan, se apartan, ceden el sitio sin protestar y miran de reojo a sus madres buscando la muda aprobación que quizás les permita seguir jugando al sol un ratito más.

Son casi iguales pero al mayor le duele aún como recién causado el destronamiento y quizás por eso aprovecha sus piernas apenas cinco centímetros más largas para plantarse en la escalera del tobogán en cuanto ve a su hermano mirar hacia allá, y lo abandona con la misma velocidad, casi me atrevería a decir con rabia, cuando el pequeño lejos de aceptar el enfrentamiento opta por el balancín. Quizás recuerda el empujón que le ayudó a decidirse cuando aún no estaba preparado y que causó al menos tres problemas; la brecha que se hizo al chocar con el borde del tobogán pensado para poner las manos y no la cabeza en un escorzo extraño, la mancha de sangre en la chaqueta, el jersey y la camisa, y el tercero, que solo puedo imaginar porque no tuvo lugar en el parque, y fue la bronca que se llevó la cuidadora que al día siguiente flotaba junto al pequeño como si se tratase de alguno de los ángeles que reclamara Machín, inútil afán, el niño con sus pañales a cuestas pero casi tan alto como su hermano se mete demasiadas veces en la trayectoria equivocada, ahora un balonazo, luego una mano demasiado enérgica para subir al balancín, después un generoso empujón para que llegue más alto, mucho más alto.

Son casi iguales, la que cambia es la cuidadora, a la última se le adivina una especie de uniforme, apenas algo más que una bata de rayas azul y blanco, bajo el chaquetón oscuro que convierte su cuerpo en una masa deforme pero que no consigue ocultar un pecho exuberante, quizás demasiados riesgos para mantener el puesto.

3 comentarios :

  1. Niños, ellos no entienden de atuendos, ni de peligros, ni siquiera que su comportamiento implique cambio de cuidadora. Niños que deben crecer felices. Bonito relato, casi se visualiza el parque y el tobogán. Un abrazo

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  2. Después de mecerme con tus frases al son de las descripciones de clase social.. ese final casi siniestro. Porque es sobrecogedora la idea de que los niños estén tan bien, tan entre algodones, mientras que la cuidadora puede tener problemas hasta por no medir el escote. Un beso

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  3. Delicioso relato,que es intemporal.

    En mi infancia tambien existian este modelo de chicos, con apellidos compuestos y niñera a sueldo.

    Niños de porcelana, les llamábamos con un cierto retintín. Creo que ahora les llamariamos "niños de teflón", porque no se les enganchaba jamás la suciedad.

    Espero que todo vaya bién.

    Un besazo.

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