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Once escalones

Once escalones, ni siquiera doce. Once escalones de granito, seis grises y cinco blancos, once escalones pulidos con una hendidura cerca del borde algo más rugoso para prevenir resbalones. No es el material ni la altura lo que los convierte en una escalinata, sino su anchura de algo más de tres metros a pesar de la reducción provocada por la instalación del elevador para personas de movilidad reducida situado a la izquierda y que usan fundamentalmente los proveedores de material, y su ubicación frente a la puerta automática del elegante chaflán.

No cuesta demasiado subir los once escalones, aunque sin duda están forzados para alcanzar su objetivo en poco espacio, no lo parece pero bajo ellos se esconden una entreplanta y un sótano. Antes de poner el pie en el primero, gris con trazas de negro tinta, se atraviesa un descansillo amplio sobre el que se practicó un rebaje que acoge una curiosa alfombra de diminutos dedos de plástico, si te detuvieras sobre ella un instante notarías como de algún modo el suelo se mueve bajo tus pies.

Más complicado es bajar. Once escalones, tan sólo once, no llegan a una docena, pero desde arriba no es sencillo dejar de fantasear con la caída, probablemente el cuerpo vencido hacia delante simplemente resbalaría, dejando tras de sí un reguero de sangre manando de la cabeza calculo que a partir del quinto o el sexto escalón, escandalosa seguro, pero salvo que acertase de pleno con un canto, poco más de una explosión muda que no tardaría en borrarse tras un enérgico y ofendido fregote de agua con litros de amoniaco, puede que alguna articulación se llevase un buen mamporro, quizás un codo o una muñeca incapaz en el último momento de no intentar evitar el golpe, es más improbable pensar en una fractura seria en una pierna, a pesar de haberlo imaginado cientos de veces no termino de estar segura de cómo responde un cuerpo en caída libre.

En todo caso queda descartada la muerte por traumatismo salvo un verdadero golpe de suerte, así que una vez más desconfiando de mi misma, bajo despacio, sin ritmo evitando con ello que el movimiento sea automático e inconsciente, con una mano bien sujeta a la helada barandilla de metal que delimita la zona del elevador, controlando cada movimiento hasta que alcanzo la alfombra de dedos que un día más no absorberá mi sangre.

Las puertas automáticas se abren, la calle en obras, la plaza enfrente, el parque infantil de niños alborozados a los que siempre sorprende el instante de vacío sobre el columpio, más alto, más alto, el paso lento de los ancianos con bastón, el momento de descanso de la cuidadora con la silla de ruedas al sol pero sin sol en el cabeza del cuerpo que sujeta con una garra la manta de cuadros escoceses o el pañuelo de lana extragrande con el que se esconden cuerpos rendidos, y al fondo la fuente que ronronea agua susurrando a mi paso, cobarde.

7 comentarios :

  1. Unos pocos escalones para aterrar.

    Abrazo, Pilar.

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  2. No me asustan me intrigan, pero soy paciente... Un abrazo

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  3. Lo has descrito de tal forma que llegue arriba sudando y desde luego, bajé muy despacito. Y ya ves detrás de la puerta sigue la vida.
    Un abrazo grande

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  4. Me identifico con el comentario de Alondra. He estado contigo en esa escalera y me ha costado un esfuerzo. En ese texto me acabas de hacer pensar que la Literatura te está llamando y no sé si has pensado en tomártela en serio. Besos

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  5. Abriendo puertas... y cerrando heridas.
    Quién no se acobarda cuando le tocan la tecla??? Sonrío.
    ;)

    Llegado el momento, y como una de las pocas mujeres sabias y con criterio propio, sé que sabrás que hacer.

    Besazo, y por todas!!!

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  6. ¡¡Cuidado con esa alfombra de dedos, no me inspira confianza!! Aunque sean solo once escalones y no doce.

    Un abrazo.

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  7. Una escalera para tener todo en cuidado del mundo.
    En tu relato me vas llevando delicadamente por ese cuidado
    y la angustia que (te) produce bajarlos.

    Besos

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