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Turistas por Portugal (VIII) Alcobaça

Alcobaça
Aún tratando de captar algún detalle más del Monasterio de Batalha, uno de los pendientes marcados en rojo de este viaje, nos encaminamos hacia Alcobaça, el Monasterio de Santa María, erigido por Alfonso Enríquez (el primer rey de Portugal) y declarado Patrimonio de la Humanidad.

Se encuentra situado en la localidad del mismo nombre, dice la leyenda que bautizada así al unir el nombre de los ríos que la cruzan, Alcoa y Baça, y de origen árabe Ciudad que sin duda creció al calor del monasterio, uno de los más importantes y poderosos de toda la Edad Media portuguesa, rivalizando con otros grandes monasterios cistercienses europeos, y que disponía de uno de los mayores cotos privados del reino, extendiéndose incluso hasta Nazaré.

Plaza Monasterio de AlcobaçaCruzando pequeñas y recoletas calles, atravesando rumorosos puentes y esquivando las compañeras que vamos perdiendo en las múltiples (y elegantes) tiendas de recuerdos y ropa de casa, llegamos a la inmensa plaza sobre la que se abre el monasterio.
A un pleno sol, que justifica pasear sombreros, la guía nos pone en antecedentes, fundado en 1153 por D. Alfonso para cumplir un voto realizado a San Bernardo tras recuperar Santarém de manos moras en 1147, fue concluido en 1222 y confiado a los monjes del Cister que se instalaron en 1223 cuando ya se había convertido en uno de los más ricos y poderos, como muestra el impresionante número de monjes que llegó a albergar: 999, dedicados a muchas más tareas que a celebrar misa ininterrumpidamente, así desarrollaron la agricultura, la enseñanza, la cerámica, la escultura en piedra y madera, la botánica y el trabajo del cristal. En diversas fases de decadencia, el monasterio sobrevivió como tal hasta 1834 cuando se acometió la disolución de las órdenes religiosas.

nave lateralLa fachada sobre la que el grupo se vuelve inquieto (seguro que dentro se estás más fresquito) fue profundamente modificada en los siglos XVII y XVIII salvándose solo el pórtico principal  y el rosetón.
Al entrar en el templo, el grupo queda en silencio al menos el instante que se rompe por las exclamaciones (en bajito) sobre su soberbia y limpia belleza. 
Estamos ante el primer gótico portugués que aún arrastra influencias moriscas pero inequivocamente cisterciense. Sus enormes dimensiones más de 100 metros de largo por 23 de ancho, sus pilares y columnas truncadas, la luz que se cuela en las naves, la serenidad de la piedra limpia, la cuidad restauración del conjunto merecen sin duda abandonar el grupo para a riesgo de que las cervicales se quejen más que poco perder la vista y dejarse arropar por el juego de sombras y tenues luces que te impulsan a avanzar hacia el crucero.

Resistiendo la tentación de perdernos en la romántica historia de Pedro e Inés, aquí esculpida en piedra, seguimos hasta el altar mayor, rodeado de una amplia girola a la que se asoman dos hermosas puertas manuelinas y nueve capillas adornadas con tallas policromadas.
 
Tras el paseo lento y consciente por la girola volvemos al crucero donde las tumbas de  Dom Pedro y Dona Inés de estilo gótico flamígero, esculpidos en piedra caliza blanda, cuentan a la eternidad su historia y su amor más allá de la muerte.

Por su parte, el  correspondiente al rey se adorna con un delicado y precioso rosetón que representa la rueda de la fortuna con unos personajes fácilmente reconocibles, cuando te lo muestra con paciencia la guía que con esta visita se está haciendo perdonar la beatería de Fátima y la extensión a las casitas de los niños ya Santificados cuando escribo esto.

Resulta complicado abandonar la iglesia, pero nos aguarda el Monasterio, así por una nave lateral y atravesando una curiosa sala, la Sala de los Reyes, con paredes de mosaico contando historias, entramos al claustro, el claustro de Dom Dinis, y de nuevo ese silencio casi reverencial y el murmulllo apreciativo; es sencillo y magnífico, datado en el siglo XIV destacan las finas columnillas gemelas que protegidas entre contrafuertes sostienen con elegancia tres arcos coronados con un rosetón.

Claustro Alcobaça La planta superior fue añadida en el siglo XV y también resulta accesible, como podemos comprobar más tarde.

Con cierto desorden recorremos las estancias que se abren al claustro siguiendo la tradicional planta cisterciense como el refrectorio, la sacristía con acceso visual a la iglesia, la sala capitular, el parlatorium, el scriptorium bien conservados y sorprendentemente grandes para dar cabida a los 999 monjes de la leyenda o no.

Cocina AlcobaçaSorprende por novedosa, enorme y preciosa, la cocina,  reconstruida en el siglo XVIII y constituye una pieza monumental de 18 metros de altura recubierta de cerámica blanca. Contiene grandes chimeneas y recibe el agua directamente de un brazo del río Alcoa, curiosamente, existe un pasadizo empinado que se transforma en angosta escalera que casi escondida por la chimenea llega hasta el dormitorio de los monjes. (goloso que sería alguno, o responsable del cocido al chup-chup...)



 
Desde el dormitorio de los monjes, con ventana para seguir las celebraciones religiosas sin salir de la cama, se accede al segundo piso del claustro de donde casi hay que arrancar al fotógrafo, si la vista es preciosa, la luz del atardecer la convierte en mágica y en el casi silencio que impera no resulta difícil imaginar aquellos monjes, primero severos y poco a poco rendidos a los placeres mundanos que vivieron entre estos muros.


De vuelta al primer piso tropezamos con la hermosa fuente pentagonal del claustro que nos regala el leve murmullo de un agua que ya no corre pero que sin duda estallaba en arcoiris al contacto con el sol que alcanzara a tocarla, curiosamente la fuente se conoce como fuente del lavabo, que suena mucho menos elevado y cursilón, pero sin duda más práctico.

 
Si resulta complicado sacarme del claustro (los míos me conocen) es casi más  difícil hacerme abandonar la iglesia por la que tenemos el placer de volver a pasar, y que siendo la misma ya es otra, porque otra es la luz que la cruza.




Encantados de la visita, bien guiada, detallada, con sus notas divertidas y su tiempo libre para detenerse a gusto (aunque no sea en la tienda) y avergonzados una vez de la soberbia de ser soprendidos por tanta belleza en Portugal, volvemos despacio, grabando cada detalle, conscientes de que apenas nos queda una noche aquí, una noche para despedirnos de Lisboa, una noche para recopilar lo visto y pasar a la imprescindible libreta de los pendientes casi tanto como lo visitado.



(esta entrada se quedó colgada el año pasado, y los tristes acontecimiento que sufre hoy el país vecino, me impulsan a publicarla, ojalá sean acicate para viajeros, seguro que la actividad económica derivada del turismo es más que bien venida y Portugal está cerca, bien de precio y es precioso)

2 comentarios :

  1. Estupendo post-reportaje.
    Le pasaré el enlace a una amiga que este verano se va a Portugal por su cuenta.
    Gracias!

    Besos.

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  2. Alejandro Casona escribió una pieza teatral sobre esta doña Inés que reinó después de muerta que tituló "Corona de amor y muerte". En ella el autor pone en boca de la protagonista la frase: ¡Qué fácil es criticar el pecado cuando ya no se está en edad de pecar! Se me grabó como a fuego y la tengo presente con mucha frecuencia.

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