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Tribuna ajena: Eduardo Maura

Los que pasáis por aquí con cierta asiduidad sabéis que de vez en cuando subo un artículo o columna que me ha impactado especialmente, dejo el enlace pero también copio etexto para que quienes no son muy fans de ir de enlace en enlace, no dejen pasar la oportunidad de leer aquello que me ha parecido tan esclarecedor, emotivo, importante o divertido.

En este caso se trata de dos artículos de Eduardo Maura publicados secuencialmente en el Huffington Post, escritos inicialmente como respuesta a una de esas frases de Albert Rivera que duelen como un latigazo por crueles, injustas e interesadas, pero que avanza mucho más allá desde el sentido homenaje a Miguel Ángel Blanco hasta el principio del recuerdo emocional y político de la vida con ETA.

Posiblemente los años de la barbarie empiecen a estar algo más lejos y eso nos permite tratar de hablar de aquello, como sucede con Patria, la novela de Aramburu que me llevó una y otra vez a las lágrimas y que desearía que buena parte de los míos leyeran aunque no me atreva nunca a decírselo, y eso no quiere decir que duela menos, sino tan solo que hemos conseguido aclararnos la garganta lo suficiente para intentar expresar algo más que un grito roto.

Estos dos artículos son largos y probablemente algo densos, pero a todas y todos los que os gusta contar con diferentes aportes para hacernos vuestro propio criterio pienso que os gustará.  



Esta semana se cumplen veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. El martes le rendimos homenaje en Ermua y recordamos el dolor que tuvo que sufrir durante su secuestro y asesinato: dos balas, una detrás de otra. La segunda, mortal. Recordamos también el dolor que ETA le causó a toda la sociedad, que es incalculable y se extiende durante demasiadas décadas como para describirlo en pocas palabras.

Tenía 16 años cuando ETA asesinó a Blanco y obviamente no era el primer asesinato, secuestro o caso de extorsión que me conmocionaba. Tampoco fue el último, desgraciadamente. El primero que recuerdo nítidamente es el de Joseba Goikoetxea, un mando antiterrorista de la Ertzaintza. Tenía 12 años. El primero con uso de razón política fue Gregorio Ordoñez en el invierno salvaje de 1995. Le asesinaron en enero y dos meses después tuvo lugar la identificación de los cuerpos de Lasa y Zabala. El que más me hizo llorar fue el de Fernando Buesa y su escolta, Jorge Díez, en 2000. El que más rabia produjo a mi alrededor, el atentado contra Eduardo Madina en 2002.

Todos estos atentados son igualmente terribles, pero creo que no debería molestar a nadie señalar que el asesinato de Miguel Ángel Blanco fue particularmente cruel y significativo. Por ese motivo, en el vigésimo aniversario de su muerte me ha resultado incómodo escuchar algunas cosas y presenciar algunos debates. En general, lo que ha pasado en Madrid estos días, lo que hemos visto de los partidos, la prensa y una parte importante de lo publicado en redes sociales ha sido lamentable.

Pensaba que lo peor ya había pasado cuando he leído unas declaraciones de Albert Rivera, portavoz de un partido importante en España pero extraparlamentario en Euskadi: "Podemos está más cómodo con Otegi que con Miguel Ángel Blanco". Hay algo indigno en lo que dice. Algo banal y cortoplacista que revela que veinte años después no hemos construido un marco común. Sin embargo, es una frase magnífica para analizar algunos problemas de fondo que se solapan: problemas éticos, culturales y políticos. También es relevante que sea una frase que Rivera se cree. No la dice de manera improvisada, no la imposta, sino que realmente está inscrita en su sentido común más elemental.

Comencemos por el periodo 1997-2004. Fueron años muy duros en los que el sufrimiento fue enorme y en los que el PP, primero con mayoría simple y luego absoluta, tuvo muchísimo empuje social y político. El PP perdió muchas vidas, y a muchos de sus militantes y simpatizantes en Euskadi se les negó el sentimiento de pertenencia a su tierra. Sufrieron atrozmente y en relativa soledad. En ese contexto, se fue construyendo –consciente e inconscientemente– una lógica política y cultural férrea, una educación sentimental que a principios de los dosmiles forjó al menos a una generación y media de españoles: era un péndulo. A un lado estaba el bloque "PP-Democracia-Demócratas" y al otro la "Barbarie-ETA-HB-Batasuna". Solamente se podía ser una cosa u otra, y a quienes no querían ser ETA, pero tampoco el PP –es decir, la mayor parte de la sociedad–, se les decretó una versión renovada del limbo: la equidistancia.

Lo primero que hay que decir es que, según esta frontera, casi todo el mundo era potencial e injustamente equidistante, de forma muy particular en Euskadi. Segundo, la equidistancia no se la inventó el PP. Le puso nombre y poco a poco se convirtió en un arma arrojadiza incontrolable. La usó partidistamente, pero no era mera ficción. En Euskadi, algunas capas sociales tuvieron durante mucho tiempo serias dificultades para identificarse con las víctimas de ETA. Hasta la matanza de Hipercor, desde algunos espacios de la izquierda radical española no se repudiaba a ETA, tal como han reflexionado varios militantes de esa tradición

De hecho, la posición ante ETA fue motivo de fortísimos debates internos, y eso dejó huellas. En Euskadi y en España, la "equidistancia" respondía a algo socialmente existente. No representativo y no susceptible de convertirse en lo que llegó a ser, pero real. Tercero, ninguna lógica cultural o "inconsciente social" se construye unilateralmente o por capricho. El péndulo no consiste en un contubernio de personas horribles decididas a convertir a ETA en el pilar de una mayoría absoluta permanente, o algo así, por más que todos nos acordemos del 11-M. El PP fue el principal promotor de la separación que estoy describiendo, pero ni lo hizo en el vacío ni lo hizo en solitario. Eran épocas de mucha violencia y los niveles de conflictividad social eran altísimos. Había muchísimos elementos en juego y nadie controlaba todos ellos, más si cabe después de la ponencia Oldartzen, en la que Herri Batasuna apostó por la "socialización del sufrimiento" y bajo cuyas directrices se asesinó, secuestró y persiguió a muchísimas personas por el mero hecho de pensar diferente.

Sigamos con la lógica pendular. Quienes decidían si alguien cumplía o no con los estándares de dignidad que establecía eran múltiples portavoces espontáneos de dicha educación sentimental: podía ser un primo, un compañero de trabajo, una amiga, un periodista, una columnista, un presentador de TV, un político, o incluso uno mismo. No hablamos de un mensaje manipulador o dirigido desde arriba, por tanto, sino de algo muy permeable y que adquiere diferentes formas individuales y colectivas en cada territorio y en cada situación. Podía ocurrir en una charla informal, en una comida de Navidad o en la barra de un bar.

En virtud de esta lógica pendular, Jesús Eguiguren era un payaso y un tonto útil del nacionalismo, como podían afirmar Fernando Savater o Félix de Azúa sin sonrojarse. Zapatero era ETA, Iñaki Gabilondo y Eduardo Madina, traidores que aparecían en La pelota vasca. Julio Medem, por supuesto, era un indeseable. Se podía insultar a socialistas, nacionalistas vascos, sindicalistas y a cualquiera que pasara por allá. Nadie estaba a la altura. No se podía decir nada sin que algún portavoz del péndulo apareciera para señalar que tal o cual frase no era suficiente, que seguíamos siendo sospechosos.

Hay que decirlo claramente: la década que va de la Ley de Partidos a la declaración de cese de la violencia –de 2002 2011– fue desastrosa desde un punto de vista ético, y la principal responsabilidad política en España la tiene el Partido Popular. Para otras incumbencias y derivadas, que las hubo, puede leerse esto de Txema Urquijo. Extraigo una frase nada más: "Tuve la ocasión de volver a representar a Gesto por la Paz de Euskalherria en una ronda de reuniones con partidos políticos poco tiempo después de julio del 97 y no olvidaré jamás las rotundas y categóricas palabras que Joseba Egibar pronunció ante nosotros: 'No volveremos a compartir la calle contra la violencia con el PP'. Sin ambages ni medias tintas".

En todo caso, nadie tiene derecho a decir que Zapatero es ETA. Da igual cuánto asesinara o extorsionara ETA, que lo hizo mucho y muy vilmente, como siempre. Es una cuestión de suelo ético: nadie tiene derecho a decir algo así de Eguiguren, de Medem o de Carmena. Tampoco de un vecino o un compañero de trabajo. Conozco a personas buenísimas, bondadosas y sinceramente preocupadas por el bienestar de los suyos que actuaron así, que se forjaron en este péndulo y que no fueron capaces de salirse de él. No eran todos del PP. No votaban al PP, pero su educación sentimental se la había escrito el PP.

La línea temporal de esta construcción pendular va del Pacto de Estella de 1998 a la campaña electoral vasca de 2001, con Mayor Oreja como cabeza de lista popular. Su punto álgido fue durante la primera legislatura de Zapatero, y aunque ha declinado desde entonces, su influencia alcanza nuestros días. También debe destacarse que, aunque fuera clave en la política vasca, el péndulo no coincide exactamente con el eje nacionalismo/constitucionalismo que atravesó los debates y combates de la época.

En Euskadi, incluso en los peores momentos, las cosas fueron algo diferentes, para bien y para mal. El péndulo estaba, pero no era lo único que teníamos como referente ético y político. Teníamos otras historias detrás, e incluso la gente joven como yo –que no había vivido los setenta y ochenta, pero había crecido en condiciones de violencia cotidiana– tenía otra mirada. No nos quedaba otra. Por ejemplo, yo tuve a Sabin Zubiri, Gesto por la Paz y Eguiguren como referentes, y si algo me quedó claro cuando empecé a viajar a Madrid por mi cuenta, alrededor de 1998, fue que nuestras experiencias no se entendían como lo hacíamos en Euskadi. En este sentido, es necesario recordar que a personas que dieron la cara desde el principio, que se jugaron la vida desde organizaciones como Gesto por la Paz, se les insultaba y llamaba, cómo no, "equidistantes", "pacifistas" y "bobos". Lo hacían miembros del lado demócrata del péndulo. Lo hacían personas que se reclamaban herederas del Espíritu de Ermua. Para quien tenga ganas de recordar, el lazo azul surgió en 1993 en respuesta al secuestro de Julio Iglesias Zamora. Entre las cuatro organizaciones que lo lanzaron se hallaba Gesto por la Paz, nada menos que Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1993. Pero ya estábamos en otra cosa y los tiempos se habían vuelto así de difíciles.

Mientras tanto, en el ámbito estatal, una parte de la izquierda que no quería ser el PP, pero que se había acostumbrado o había crecido en el péndulo, tendió hacia el otro extremo. Al fin y al cabo, así funcionan los péndulos. Es duro decirlo, pero prefiero ser directo y matizar a continuación. No es que estas personas no estuvieran en contra de ETA, que lo estaban sinceramente. No es que justificaran la violencia de ETA, que no lo hacían. Ocurría que miraban a Euskadi desde un lugar tan determinado por la lógica "democracia-PP o barbarie-ETA" que, con tal de no ser el PP, desarrollaron una estructura de sentimiento en cierta medida incapaz de asumir el dolor por las acciones de ETA como algo genuino.

Me explico: como la lógica generada por PP ofendía y expulsaba, y como el PP se arrogaba el monopolio del sufrimiento y de la dignidad, a algunas personas les costó sentir ese sufrimiento de manera profunda. Les dolía, tenían claro lo que pasaba, pero operaban también con cierta incapacidad para el duelo. A esto ayudaba la identificación radical –esencial para el péndulo– entre víctimas, bandera y Constitución. Cuestionar la vigencia del tratado constitucional, o cierta forma de entender España, conducía también a la equidistancia y la barbarie. Quienes no querían estar en ese paradigma constitucional eran injustamente tratados como bárbaros, pero es innegable que semejante aluvión tuvo que afectar a su capacidad para sentir.

Se hizo fuerte una cultura de la argumentación poco convincente y algo meliflua sobre lo que ocurría en Euskadi: se mezclaba todo, se intentaba compensar dolores, se forzaban argumentaciones para encontrar un lugar propio –aunque imposible– en la cultura del péndulo, se intentaba equilibrar sufrimientos, etc. En el fondo era un intento de reinventar lo que el péndulo denominaba "equidistancia". En un contexto como el madrileño y alrededores, tan penetrado por el Partido Popular, no tenía que ser sencillo soportar que no te dejaran sentir dolor sin examinarte, sin hacerte sentir sospechoso. Con ello se aspiraba a poder decir algo sobre la violencia sin ser ni ETA ni el PP, lo cual es legítimo pero no está exento de consecuencias.

También ocurría que la "equidistancia", cuya presencia en la sociedad vasca ya he señalado, no existía en gran parte de España, por motivos obvios. Por más que se leyeran los periódicos y se siguiera lo que pasaba, una familia gallega o andaluza normal no vivía la violencia todos los días de la semana. Su experiencia no era ni más ni menos que la de quienes vivíamos en Euskadi, pero era diferente. El rechazo social en esos lugares era mucho más directo y unidimensional. Pues bien, si a este escenario social se le aplica el molde pendular, es decir, si en Cáceres también tenía que haber tres clases (PP, ETA y equidistantes), entonces ya no es tan descabellado que gentes del PSOE o de colectivos sociales cayeran en el saco de los tibios o, como Zapatero, acabaran en ETA, por los motivos más disparatados. El más notable y duradero, la osadía de hablar políticamente, para detestarla y combatirla, de la violencia con motivación política de ETA. O la de la sentarse con la banda terrorista, previa autorización parlamentaria, para acabar con ella.

El suelo temblaba bajo los pies en niveles impresionantes. Esto se percibía en muchos lugares y situaciones. En Euskadi la más notoria tenía que ver con lo diferentes que eran las reacciones a los asesinatos de miembros del Partido Socialista. La realidad es ETA nos mataba a todos, pero también que en estos casos se generaban sentimientos más abiertos y menos determinados por el péndulo. "Zapatero es ETA"..., que se lo explicaran a la familia de un concejal socialista asesinado. Por desgracia, a muchos nos tocó vivir cosas tan tremendas como darnos cuenta, desde muy temprano, de que cuando la víctima estaba cerca del PNV o del PSOE la respuesta no tenía la misma tonalidad que cuando era del PP. Me tiemblan los dedos al escribirlo, pero durante años vivimos así. ¿Cómo no iba a haber algo de esto si poco después se le podía llamar "tonto útil" a Eguiguren y "bobos pacifistas" a los miembros de Gesto por la Paz?


En la primera parte de este artículo he intentado explicar por qué la lógica del péndulo, encarnada en la frase de Albert Rivera "Podemos está más cómodo con Otegi que con Miguel Ángel Blanco", es venenosa y éticamente insostenible. Lo es porque dicha lógica causó mucho dolor e impidió que sintiéramos cosas que teníamos derecho a sentir. Yo he odiado a ETA toda mi vida, pero no me dejaban hacerlo con mis palabras o mis experiencias. Tenían que ser las suyas. No entendían o no podían comprender que, en el fondo, no eran experiencias diferentes, sino declinaciones de un mismo dolor. El péndulo no permitía que personas diferentes sintieran dolores hermanos, o que personas diferentes, con experiencias de la violencia diferentes, compartieran un suelo ético. Por condensarlo en una sola imagen, podía ocurrir simultáneamente que en Euskadi tuviéramos manifestaciones separadas contra ETA y que en España no se nos permitiera dolernos con nuestras propias palabras.

Pienso sinceramente que ha llegado el momento de demoler del todo esta educación sentimental. Hay que acabar con el péndulo del PP y sus consecuencias no deseadas, en un sentido y en otro. Da igual que algunas personas abucheen a Manuela Carmena de la manera más infame. Increpar a una persona con su trayectoria es lo mismo que pitar a Marimar Blanco por ser diputada del PP en un homenaje a su hermano, por poner un extremo abominable. Por espantoso que sea tenemos que vencer la tentación de replegarnos, y quienes crecimos en condiciones de violencia cotidiana –en mi caso la Euskadi de los años noventa– quizá podamos aportar algo en ese sentido. Sería un error pretender que mi experiencia convierte este relato en un argumento de autoridad. Mi intención, al contrario, es sumar y construir con otros dentro y fuera de mis coordinadas políticas.

Para ello se me ocurren tres cosas, modestas pero ojalá eficaces, que enunciaré de manera directa y a riesgo de ir demasiado rápido. Lo hago con clara conciencia de parte: soy diputado vasco de una fuerza política joven que no para de recibir golpes injustos por el tema de ETA y de la violencia en Euskadi; una persona cansada de leer barbaridades, fatigada de ver como personas honradas y sensatas son tratadas como sospechosas de barbarie y hostil a las lecciones de dignidad de quienes reproducen clichés sin haber pensado a fondo algo tan largo, ancho y profundo como la violencia en Euskadi. Me dirijo en gran medida a gentes con las que comparto todo o parte del viaje, proyecto político o alguna clase de inquietud.

La primera tarea debería ser contarle a nuestra gente las implicaciones de que nadie tenga el monopolio del sufrimiento. Por tanto, tampoco el de la dignidad. Que una persona fuera asesinada nada más que por ser concejal del PP en Ermua es asqueroso, pero no convierte ese dolor infinito en algo exclusivo del PP. Es de todas y todos. Y si es de todas y todos, que lo es, su memoria también debe ser de todos. No dejemos que nadie mida nuestra integridad y nuestra dignidad. Que no nos arrebaten la capacidad para sentirlo como algo propio. Para esto, creo que la clave es mostrar explícitamente que nos duele exactamente igual, que queremos rendir todos los homenajes, que queremos promoverlos, que es parte de nuestra historia y queremos que sea recordada. No es que estemos con todas las víctimas en general, pero con ninguna en particular. Eso no se entiende. Estamos con todas y cada una de ellas.

Lo que ocurre es que no estamos dispuestos a que nos midan de acuerdo con un péndulo según el cual, ahora que ETA ya no mata, hay demócratas y hay equidistantes. No somos los equidistantes que el PP construyó para poder ser duro hace quince años. Ya no estamos ahí y no vamos a volver. Odiamos a ETA y queremos recordar a sus víctimas con todos los honores. En este caso a Miguel Ángel Blanco. Al PP hay que decirle simplemente que se acabó su educación sentimental. Comprendemos los motivos y condicionantes éticos e históricos, pero se acabó. La próxima vez que se sienten con la institución que corresponda y que se pongan de acuerdo en un texto, en una pancarta o en lo que sea necesario. Nada de medir la integridad de unos y otros a golpe de moción. Se acuerda un texto y una escenografía, y punto. Todo lo demás es absurdo y remite a la lógica pendular. Y si no entran en un diálogo razonable, propongamos los homenajes nosotros mismos. No hay que estar a la defensiva, como si este tema fuera suyo y no nuestro.

Segundo, hay que explicarle a todo el mundo que esto no equivale a acercarse al PP o a convalidar su discurso. Nos quieren en posiciones que puedan calificar de "equidistantes". La manera de disolver esto es, en mi opinión, cambiar de paradigma. Es dejar atrás aquella incomodidad en la que nos sumieron y que ya no rige. No hay nada que temer, nada que ocultar y nada de lo que dudar. Miguel Ángel Blanco es de los nuestros. Las incoherencias y endebleces del PP, las cosas absurdas que hacen, no deben servirnos como autojustificación. No tenemos que ser los de "también estaba el GAL, no te olvides", los de "es un hecho que se torturaba en los cuarteles de la Guardia Civil" o los de "también hay que recordar a las víctimas del franquismo".

Las tres realidades (GAL, torturas, franquismo) son indiscutibles y debemos hablar de ellas, pero no para equilibrar nada. Las violencias que ha habido y hay en nuestra historia son muchas y terribles, pero no se equilibran entre sí. Existen y hay que trabajar con ellas y con su memoria para garantizar que no se repitan, pero no se equilibran entre sí. Un dolor no se compensa con otro. Una injusticia no compensa otra. Remitirse a las víctimas del franquismo, sinceramente, no viene a cuento en la semana que rememoramos a Miguel Ángel Blanco. Por mucho que me importen, como es el caso, no tiene sentido. Mimetiza la lógica pendular, pero con otras heridas. Nos toca asumir de una vez que no estamos en un seminario sobre memoria histórica, sino en primera línea política.

Hay que hablar de todas las violencias y todas las víctimas, por supuesto. Hay que pelear las situaciones en las que uno sabe que no está siendo escuchado, todas las veces que sea necesario. Pero no olvidemos algo: se puede homenajear a Fernando Buesa, Isaías Carrasco o Miguel Ángel Blanco con todo el afecto, justicia y reconocimiento del mundo sin mentar el GAL, Intxaurrondo o a las víctimas del franquismo. No pasa nada. De igual manera, se puede sentir en lo más hondo y recordar el dolor de las familias de Lasa y Zabala sin necesidad de decir que falta Miguel Ángel Blanco en la foto. Esto no es equidistancia: es suelo ético, individual y colectivo, y el suelo ético no nace, se hace; no se equilibra, se cimenta. Hagámoslo nosotros también, desde otros lugares. El trabajo de no caer en la cultura pendular nos corresponde a todas y todos.

Por último, hay que exigir por activa y por pasiva a quienes nos cuentan las cosas, a quienes escriben en las redes sociales, a quienes dirigen medios de comunicación, una esfera pública en la que se hable y se escuche. Las portadas de estos días son un ejemplo de incomunicación. Muchos tuits que he podido leer son inaceptables, los de unos y los de otros. Igualmente, declarar que Podemos "enturbia los homenajes a Miguel Ángel Blanco" es éticamente intolerable, insoportable y causa más dolor del que nos imaginamos y de lo que la dirección de El Mundo se imagina. Robustece estereotipos injustos, reduce a muchas personas –de Podemos y no de Podemos– a algo que no son, enaltece a quienes no han pensado a fondo la significación profunda de ETA, excusa su agresividad, y sobre todo causa dolor. Es un titular, como la frase de Rivera, escrito en la lógica pendular que tenemos que desbordar entre todas y todos. No me ha sido sencillo, pero si me he animado a poner todo esto por escrito es porque siento que se le puede hacer mella desde ya.

Detrás de los titulares no hay malas personas, sino estructuras y lógicas de sentimiento muy arraigadas y de las que toda la sociedad ha sido partícipe en mayor o menor medida, a favor, en medio o en contra. Por supuesto que muchas veces a quien pone el titular le interesa más la polémica que contar bien las cosas, pero otras ocurre que las personas –todas las personas, pues no existe un punto de vista privilegiado sobre esto– no sabemos contar lo que nos pasa más que con las herramientas que ya tenemos y que, de hecho, nos constituyen como sujetos.

Se cumplen veinte años de un asesinato que cambió la historia de la democracia en España. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes, entonces y hoy, pero eso no le quita importancia a lo que Miguel Ángel Blanco significó y significa en nuestros días. Para construir el futuro vamos a necesitar memoria, reparación y justicia para todas las víctimas. Decía Teresa Vilarós, a propósito de la Transición y la memoria, que coser algo, por ejemplo una herida, implica dibujarlo, recorrer sus contornos y, en ese sentido, resaltarlo. No estamos a tiempo de no tener cicatrices. Intentemos al menos que en el recuerdo de cada víctima nadie sea más que nadie, pero tampoco menos. Es la mejor garantía de no repetición, de veracidad y de futuro.


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No termino de escribir estas líneas cuando recibo la bofetada de Pablo Casado, "Podemos es el único partido que ha justificado la historia de ETA, lo que pasa en Venezuela y el desafío secesionista de Cataluña". Imagino que al final todo puede meterse en el mismo saco si se intuye que habrá en ello rédito político.

12 comentarios :

  1. Dejando aparte a los políticos porque no me sirven para nada. Aun me duele, aquella fecha, las anteriores y las posteriores, aun me huele la sangre, aun me duele la impotencia. Gracias por compartir esos artículos. Un abrazo

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    1. Entiendo lo que dices sobre los políticos, pero me atrevo con todo el respeto a pedirte que les des una nueva oportunidad, a los que defiendan lo que tú compartas, a los que te parezcan buenas personas, si caemos en que todos son iguales y les damos la espalda estaremos perdidos porque el sistema los establece como intermediarios entre nosotros y nuestros futuros.
      Yo también recuerdo la sangre derramada, la impotencia y la rabia, pero quiero hacer de ellos un motivo para seguir adelante sin olvidar.
      Un beso

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  2. Cuando ese tipo de artículos sean escritos por algún político o ciudadano de la derecha, empezaré a creerme que este país tiene posibilidades de salir adelante, mientras tanto tendremos los dos clásicos bandos, así no resolvemos nada.

    Un abrazo.

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    1. No sé si trata de resolver nada pero a mí me ha sentado bien leerlo, mi dolor no es compatible con un uniforme o una camisa de fuerza que me obligue a llorar bajo el palio que me indiquen.
      Un saludo

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  3. Cierto que el asesinato de Blanco creó un antes y un después en la sociedad española. Yo me acuerdo perfectamente de lo que hacía en esa tensa espera, como me acuerdo de los trenes. Pero los políticos se apuntan a un bombardeo y con este tema no podía ser menos.
    Creo que fue por la movilización y la condena de la sociedad lo que hizo que algunas cosas empezaran a cambiar, es decir, que tuvieron ellos, los políticos, que amoldar(se) a lo que tocaba.
    Por lo demás, cualquier asesinato es deplorable.

    Abrazo, Pilar.

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    1. Comparto contigo la idea de que los políticos han tenido que adaptarse a la realidad, creo que en este como en otros casos cuando tomamos consciencia de nuestra realidad y estamos unidos, nuestra voz retumba.
      Ojalá no lo olvidemos.
      Claro que cualquier asesinato es deplorable, lo importante es ser capaces de respetar la memoria de cada uno de ellos sin que se conviertan en un colectivo arrojadizo.
      Un beso

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  4. Yo creo que no es una fecha para mezclar con la política, por mucho que los de ahora lo quieran politizar todo. Un besazo.

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    1. La política lo es todo, el agua que bebes, la factura que pagas, la seguridad de ser atendida en un hospital o lamentar la muerte de un joven a quien ETA asesinó para tratar de torcerle el pulso al Estado.
      Otra cosa es que sea una fecha para hacer partidismo, para eso casi nunca es buen momento.
      Un beso Tamara, tiempo sin leerte por aquí.

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  5. Tengo que decir, en primer lugar, que no conocía al diputado que escribe lo que acabo de leer y que me alegra enormemente que sea eso, diputado, porque soy de las ingenuas que siguen creyendo en la política como mecanismo para cambiar la realidad y en los políticos como ejecutores de las directrices políticas. Otra cosa es que crea, como creo, que los españoles no estamos muy finos a la hora de elegir a quienes nos representan: en la derecha, en la izquierda, arriba y abajo. Pero esa es culpa nuestra, no de ellos solos.
    Dicho lo cual, aún me escuece el homenaje organizado en Burgos en memoria de Miguel Ángel Blanco. Me escuece tanto que no he sido capaz de escribir sosegadamente sobre ello. Así que me limito a suscribir lo que ha escrito Eduardo Maura y, si acaso, añadir que a muchos -a uno y otro lado del péndulo- les ha ido bien con la patrimonialización del terrorismo.
    Besos.

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    1. Quedo a la espera de tu crónica, comprendo bien la dificultad de escribir sin desbordarse pero sé que encontrarás el modo.

      Yo tampoco sabía quien era el autor hasta después de leerlo, por eso no he hecho especial mención, creo que sus palabras no merecen ser teñidas por ninguna formación política.
      Un beso

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  6. Rivera es una serpiente venenosa.
    Un falangista frustrado.
    Si pudiera nos pondría a todos a desfilar marcando el paso de la oca.
    Cuidadito con él, es malo hasta no poder más... algo perverso, de verdad.

    Besos.

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    1. Ojalá pudiera defender que es un simple aprovechado pero la verdad es que cada día estoy más de acuerdo contigo y más asustada porque temo que no se percibe con la claridad que necesitamos para mantenernos alerta.
      Un beso

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