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Entre los papeles, la memoria

Cementerio Zaragoza
Quizás es que es cierto que el tiempo ayuda, porque hoy al abrir con sus llaves, las de él, la puerta de su casa, la de ellos, no ha sentido como un golpe sordo el ruido hueco que hace la última vuelta de la llave en la cerradura, aunque también puede ser que entre la bolsa de viaje, el bolso, los dos juegos de llaves, la carpeta para ir recopilando documentos y la multa por aparcamiento que le han puesto mientras encontraba al portero para que le abriera el garaje tampoco está para muchas sensibilidades.

Entra en tromba, dejando caer casi todo sobre la alfombra cruda de la entrada y mientras con la derecha busca el móvil dónde ya ha alcanzado el nivel atronador el alegre ritmo de Mama Mía, con la izquierda enciende la luz y con el pie cierra la puerta olvidando una vez más lo muchísimo que pesa el armazón blindado que pusieron hace poco convencidos por los anuncios de Securitas Direct de que la valla, el portero, la doble puerta de abajo y el viejo roble macizo no eran suficiente.

Su madre suena animada, casi se atreve a pensar que contenta, mientras le cuenta que hace muy bueno, que sus amigas son unas sosas porque no se bañan y se aburre haciendo largos en un mar huérfano de turistas jóvenes, o que como no conocen a casi nadie, no tiene que ir recibiendo el pésame todo el rato.

Casi diez minutos de charla intrascendente, en los que se le han llenado los ojos de lágrimas un par de veces al comprobar una vez más que su madre se ha desentendido de todo, el proceso de arreglar los papeles y recoger lo todo es cosa suya, consigue colgar. 

Deja su bolsa de viaje sobre el sofá del despacho donde se impide parar un instante para percibir con fuerza su ausencia y sigue hasta la cocina, saca la fiambrera y se sienta a comer sin ganas, la comida le sabe a ausencia y frío y no puede evitar recordar cuando llegaba a casa de sus padres y la mesa era propia de una fiesta.

Un triste café
Remolonea con un café y saca la libreta de las cosas por hacer en la que las pendientes ganan día a día a las resueltas; hoy se trata de encontrar las libretas, las declaraciones de Hacienda, los datos del seguro, las escrituras…hoy se trata de dinero, está segura de que así le costará menos y ha cerrado una cita a media tarde con un amigo de la infancia que va a ayudarla con esos trámites.

Pero cuando metes la mano en los cajones de otro, cuando abres sus archivadores, descubres que tu orden es eso, el tuyo, y que la organización de la documentación importante no se hereda, así en poco rato está rodeada de carpetas, sobres y cajas en las que aparece en móvil que la semana pasada no encontró y un seguro de decesos que no sabía que tenía ¿podrán compensarle algo de lo ya pagado? Pero las libretas, no.

Memoria de papel
Sigue revolviendo y topa con una caja de mediano tamaño, ideal para ir guardando las libretas de ahorros de toda una vida, pero lo que encuentra es un paquete de cartas cogidas con una cinta, en cuanto lo toca sabe lo que es y está a punto de cerrar la caja y salir corriendo, pero la curiosidad de años, las discusiones, los berrinches incluso, se le representan en un instante que duele como la herida nunca cerrada que son. Son las cartas de su abuelo, las cartas que su padre le negó siempre empeñado en mantener el pasado atrás y vivir cómo si nada le hubiese afectado.

Desde niña sabe que sus dos abuelos murieron siendo niños sus padres, lo que tardó en descubrir es que uno había muerto y el otro caído por la Patria, y ese era el motivo por el que del primero nunca se hablaba y no había fotos, mientras que del segundo había cuadros y medallas, y todo el mundo decía a sus tíos que su padre estaría muy orgulloso de ellos vistiendo el uniforme.

En la adolescencia quiso saber más pero su padre se negó en rotundo a hablar de ello y su madre le dijo más de una vez que lo malo mejor se olvida, con esa expresión de desprecio con la que miraba sus vestidos cada vez menos formales o su pelo siempre despeinado como una montaña de rizos desatados.

Con el tiempo lo supo, su abuelo era un sencillo cargo público en un ayuntamiento pequeño cuando estalló la guerra civil, lo metieron en la cárcel y a pesar de los ruegos de familiares, amigos e incluso algún sacerdote amigo, lo fusilaron. A la familia le permitieron recoger su cuerpo y enterrarlo, y así bajo la losa se encerró su historia y su memoria, hasta hoy.

Cementerio de Torrero Homenaje
Bajo el paquete de cartas hay un sobre amarillento con fotos en blanco y negro, la expresión sorprendida de su padre apenas un chiquillo de seis años le golpea el pecho, casi sin ver, guarda la caja  y su contenido en el bolso, recoge el móvil y las llaves y sale de casa, necesita más espacio, más aire y la ausencia del doloroso recuerdo de su padre para enfrentar una realidad que siempre ha querido conocer pero que ahora le atenaza las entrañas.

6 comentarios :

  1. Venga, cuelga pronto el capítulo siguiente, por favor. Ahí hay el germen de una novela.
    Besos

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  2. Fusilar.... qué rápido se escribe...
    Cuánto horror todavía en las cunetas.

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  3. Un problema, como otros muchos pendientes de resolver en España.

    Saludos

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  4. Deshacer una casa, ordenar memorias ajenas es tarea ardua, si ademas hay secretos o historias calladas entonces el cariz ya es intrigante. Bien narrado. Abrazos

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  5. Yo, al margen de la implicación histórica o política del texto, me quedo sobrecogido por lo bien que describes las ausencias. Los recuerdos que duelen y que te dicen que ya no puedes volver atrás en el tiempo para evitar aquella riña o aquel tema no resuelto con la persona que te falta. Y esos pequeños detalles psicológicos tan maravillosos, ese orden de los padres que no es el tuyo, etc... Besos

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  6. Qué maravilla de relato, qué bien lo has expresado, me has emocionado, esos momentos que ocurren en el relato se han vivido en todas las familias y aquí es más dolorosa la situación por el tema político tn sumamente trágico.

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